lunes, agosto 21

Posparto




          Decía mi madre que no hay mayor relax que el que una mujer siente justo después de dar a luz. No puedo asegurarlo por propia experiencia, claro; pero mi madre parió tres hijos tamaño king size, así que tenía tres enormes argumentos para sustentar su opinión. En cualquier caso, es comprensible. Después de pasar por una situación tensa y dolorosa (parto, cólico nefrítico, estreñimiento, dolor de muelas...), sentirte, no digo que muy bien, sino simplemente normal ya es de puta madre.

          Pues exactamente así me siento ahora. Hace poco que parí, entrañables amigos míos; semanas atrás, justo antes de irme de vacaciones, traje al mundo un nuevo retoño. Por fin terminé la segunda parte de La estrategia del parásito.

          Con frecuencia veo en Facebook a escritores que comentan cada incidencia del proceso de escritura de sus novelas, y siempre me pregunto lo mismo: ¿Y eso a quién le importa? Así que, siendo ecuánime, ¿a quién le importa si he acabado o no una puñetera novela? A nadie, por poco sensato que sea.

          Pero es que, ay, ha sido un parto largo y dificultoso; he tardado más de un año en escribir un texto de cincuenta y pico mil palabras. Porque en el transcurso del proceso he sufrido toda suerte de percances, incluyendo una rotura de pierna y todos los problemas subsiguientes que ello conlleva.

          Pero se acabó. Mi pata está mejor y terminé la puñetera novela. Y ahora estoy como una recién parida, relajadito y sin dar un palo al agua. Ya no hay que apretar más (de momento). Vale, el parto fue hace más de un mes, estoy estirando la situación. Pero es que aún estamos en veranito y se está tan a gusto así, sin hacer nada... Además, sólo pensar en ponerme a escribir la tercera parte me provoca severos ataques de caspa. Por ahora, por ahora...

          Pepa y yo pasamos un par de días en Rocadragón; es decir, en Zumaia (Guipúzcoa), en cuya playa desembarcó Daenerys de la Tormenta. Es un lugar impresionante, con unas formaciones rocosas llamadas “flysch”, semejantes a colas de dinosaurio (o de dragón).

          Luego nos fuimos a Francia, primero a Cahors, donde estuvimos cuatro días. Es un pueblo precioso, encajonado en un meandro del río Lot, con un increíble puente medieval fortificado. Por el que, por cierto, pasa uno de los Caminos de Santiago franceses. Recorrimos casi todo el Valle del Lot, que es realmente bonito, y visitamos pueblos tan alucinantes como Saint-Cirq-Lapopié o Rocamadour.

          A continuación nos dirigimos unos cien kilómetros al norte, a Périgueux, y pasamos cinco días recorriendo el Perigord y la Dordoña. Muy bonito también. El último día visitamos Angulema, la capital europea del cómic, y ya de paso nos dimos un garbeo por el Musée de la Bande Dessinée. En cuanto a la zampa, reconozcámoslo, no se les da mal eso de la cocina a los franceses. Demasiado foie para mi gusto (soy de la liga anti-foie), pero todo lo demás era delicioso.
 
 

          Me encanta viajar, así, en abstracto; y en concreto me encanta viajar por Francia, en coche, a mi aire. Pepa y yo hemos recorrido la Costa Azul. Otro año fuimos a Bretaña hasta llegar a Mont Saint Michel (uno de los lugares más bellos y mágicos del mundo). Más tarde visitamos el Loira y Normandía, luego otro verano Occitania, y ahora la Dordoña.

          Puede que España sea más rica y variada en cuanto a paisajes (a fin de cuentas, la mitad de Francia es una monótona meseta), pero los galos nos ganan en lo que respecta a patrimonio monumental. Vas conduciendo y te encuentras un pueblo precioso tras otro, increíbles templos góticos y románicos, fortalezas, reliquias de las dos grandes guerras, palacios, viejas casonas... y todo estupendamente cuidado. En Francia se respira Historia.

          Eso me recuerda uno de los momentos mágicos que he pasado con Pepa. Acabábamos de casarnos y nos fuimos de viaje nupcial al norte de Italia, en coche, recorriendo toda la costa francesa del Mediterráneo. Una noche circulábamos por la Alta Cornisa en busca de un pueblo y un hotel que nos había recomendado mi hermano José Carlos. Llovía a mares y estaba oscuro cual boca de lobo, así que nos perdimos. Como se hacía tarde, nos metimos en el primer pueblo que vimos, La Turbie, donde encontramos alojamiento en el hotel Napoleón. No vimos nada del entorno, porque no se veía nada.

          Quede claro que en mi vida había oído hablar de La Turbie. El caso es que nos fuimos a dormir . Al día siguiente, al despertarnos, me levanté y abrí las contraventanas. Las nubes se habían esfumado y había un sol radiante. Y yo me quedé con la boca abierta.

          Desde la ventana se veía un pueblo de lo más coqueto, y por encima de él, las ruinas de un monumento romano. El Trofeo de los Alpes, como averiguamos después, que se construyó por orden de Augusto entre el 7 y 6 aC para conmemorar su triunfo sobre las tribus ligures. Si te lo esperas, te impresiona; si no te lo esperas, como era nuestro caso, alucinas.

          Francia es muy mágica.
 
 

domingo, julio 16

¡Feliz verano!



          Esta entrada, queridos merodeadores de Babel, es para disculparme. Cuando inicié el blog me propuse escribir un post a la semana, más o menos. En fin, quizá más menos que más, pero por ahí le ha andado. Sin embargo, últimamente he quebrado mi norma y he escrito mucho menos. De hecho, sólo he subido 26 entradas en el último año. 😖 ¡Quina vergonya, mare de Déu, quina vergonya!...

          Las razones de esta baja productividad podrían etiquetarse con una Cruz Roja. Primero tuve unos problemas  de salud que me sumieron en un marasmo de hospitales y médicos. Luego, a primeros de julio, una ducha psicópata me atacó por sorpresa y me fracturó la cadera. Hace exactamente un año, yo estaba postrado en la cama de un hospital navarro, varado como una tortuga panza arriba. Desde entonces, a base de citas médicas, análisis clínicos, radiografías y sesiones de rehabilitación, mi vida y mi trabajo se han desestabilizado. Tenía dos novelas comprometidas para publicar este año, pero ha habido que retrasarlas para el siguiente. Tenía otra novela a medias, y ahí sigue, a medias.

          En cuanto al blog, no solo es que haya escrito pocas entradas, sino que además estoy seguro de que he dejado muchos comentarios sin responder. Mis disculpas a todos los desairados. No me lo tengáis en cuenta, por favor, que mi existencia ha sido muy chunga en los últimos tiempos.

          Pero bueno, ya estoy mucho mejor. Se acabaron las citas médica (casi) y la rehabilitación. Camino con una muletita y ya sólo doy pena, en vez de pena y asco como antes. Anteayer, por fin, terminé de escribir la segunda parte de “La estrategia del parásito”. ¡¡Bien, bravo hurra!! Espero que, a partir de ahora, se normalice la frecuencia de mis entradas.

          Hablando de otra cosa: como sabéis, hace unos meses, obligado por mi querida Pepa y guiado por mi querido hijo Pablo, me abrí un perfil en Facebook. Apenas tengo actividad; comento las entradas de algunos amigos, pero no publico nada. Porque sigue pareciéndome una pérdida de tiempo. Así que, para mantener un poquito de actividad, he estado colgando los post . Desde entonces, los visitantes del blog se han multiplicado por tres e, incluso, por treinta. La verdad, no sé si me gusta.

          Siempre he visto Babel –lo he dicho muchas veces- como una especie de café donde un grupo de amigos nos reunimos para charlar, un lugar tranquilo donde pasar un rato agradable. Quizá por eso me he atrevido, en alguna ocasión, a desnudarme ante vosotros y hablaros de aspectos muy íntimos de mi vida. A fin de cuentas, estábamos entre amigos, ¿no?

          Y, de repente, el café empieza a llenarse de visitantes (que no merodeadores, al menos aún), y el local ya no parece tan íntimo y sí más alborotado... Aunque, bueno, eso todavía no ha ocurrido; los visitantes se han mostrado de lo más educados. Bienvenidos sean.

          Sin embargo, voy a seguir cierta política al respecto: Seguiré colgando entradas en Facebook, pero no todas. Ésta, por ejemplo, no. Y tampoco colgaré el cuento de Navidad, porque eso es un regalo para los merodeadores, no para todo el mundo. Le pilláis el truco, ¿verdad? Los post más personales se quedarán en la Fraternidad. ¿Somos o no somos una hermética sociedad secreta? Pues eso.

          Con este post se abre el paréntesis veraniego. Este año asistiremos –Pepa, Pablo y yo- al Festival Celsius de Avilés (algo que una maldita ducha me impidió hacer el año pasado), y luego Pepa y yo haremos un par de viajes que ya os relataré a mi regreso. Uno de los destinos, por cierto, ha sido escenario de Juego de Tronos.

          Queridos amigos, feliz verano, felices vacaciones, y hasta muy pronto.

¡Floreat Babel!

         

jueves, julio 6

El Síndrome del Lector


 

 
           Ocurrió hace cuatro años, cuando Pepa y yo estábamos en Cartagena de Indias para participar en el Hay Festival. Nos habían hospedado en un exótico y maravilloso hotel de la ciudad vieja, un entorno bellísimo, igual que es bellísima toda Colombia. Sólo había un problema: en la ciudad hacía calor en general, pero a primera hora de la tarde te asabas en la calle. Así que después de comer solíamos quedarnos en la habitación del hotel hasta que en las aceras ya no pudieran freírse huevos.

          Una tarde, Pepa salió a hacer algo y me dejó solo en la habitación, al amparo del bendito aire acondicionado. Tras leer un rato, cogí la tableta, me conecté a la wifi del hotel, revisé el correo y, como quien no quiere la cosa, paseé por algunos blogs. Y llegué a uno que conocía, pero que aún no había frecuentado. Se llamaba, y se llama, Notas para lectores curiosos, de Elena Rius (ya he hablado de ese blog en Babel). Comencé a leer el último post y luego seguí leyendo los anteriores, y leí, leí y leí, y al día siguiente continué leyendo hasta zamparme el blog entero.

          Demonios, cuánto me gustó y me gusta lo que escribe esa mujer. Es, sin duda, el mejor blog literario que me he echado a la cara, y lo es por varios motivos: En primer lugar, porque Elena trata a la literatura como si fuera una amiga, no como a una diosa. En segundo lugar, porque Elena es inteligente y ha leído mucho. En tercer lugar, porque escribe muy bien. En cuarto lugar, porque conoce a fondo el mundo editorial. En quinto lugar, porque, aunque no la conozco personalmente, se nota que es una bellísima persona. Y en último lugar, porque es extremadamente culta, pero llevándolo son sencillez, sin ápice de altanería.

          ¿Habéis visto alguna vez a alguien que disfruta a tope con la comida? No un tragaldabas, sino la clase de persona que paladea cada bocado, que se deleita con cada matiz, que se ilumina con cada tenedorada, como si en vez de alimentos ingiriera felicidad. ¿A que da gusto ver comer a una persona así? Bueno, pues esa es la impresión que me produce leer a Elena: me transmite la felicidad de la lectura.

          Pues bien, Elena Rius ha publicado hace poco una antología de artículos llamada El Síndrome del Lector (Trama Editorial, 2017), un libro que reúne todas las virtudes de su blog. Por cierto, se me olvidaba, entre esas virtudes está la de ser muy divertida. Elena combina el rigor intelectual con curiosas anécdotas literarias. Por ejemplo, ¿sabíais que James Joyce tenía una hermosa voz de tenor y se ganaba en parte la vida cantando en fiestas? ¿O que los hermanos Goncourt dijeron sobre Verlaine: “Maldito sea ese Verlaine, ese borrachuzo, ese pederasta, ese asesino, ese acojonado al que le entra de vez en cuando el miedo del infierno y se caga en los pantalones...”? (Parece un tweet, no me digáis que no) Bueno, pues el libro de Elena os cuenta eso y mil cosas fascinantes más.

          Como decía antes, no conozco personalmente a Elena Rius, aunque hemos intercambiado mensajes electrónicos con frecuencia. De hecho, ni siquiera tengo muy presente su auténtico nombre, porque “Elena Rius” es el seudónimo tras el que se oculta la editora y bibliómana María Antonia de Miquel. No, nunca nos hemos visto, pero como asiduo visitante de su blog, tengo la sensación de que no solo la conozco, sino que es una amiga.

          En cualquier caso, lo cierto es que su libro es una delicia.

martes, junio 20

Carta a los antitaurinos tontos del culo




          Dos aclaraciones previas: 1º Soy absolutamente antitaurino. Me repugna y me cabrea esa bárbara “fiesta” que dicen “nacional”. 2º La mayor parte de los antitaurinos son gente decente y sensible, pero los hay (una minoría, espero) que rezuman estupidez. A ellos me dirijo.

          Hace poco, ha muerto el torero Iván Fandiño en Francia a causa de una cogida. Y como viene siendo habitual, han proliferado en las redes (a)sociales mensajes descerebrados alegrándose de esa muerte. Un asesino menos, decían algunos.

          Veréis, en el universo no existe moral ni justicia. Las cosas no son ni malas ni buenas; sencillamente son o no son. Hace sesenta y cinco millones de años un asteroide hizo carambola con la Tierra y se cargó a todos los dinosaurios. Y al universo le dio igual. Como le daría igual que se murieran todos los toros del planeta o, si vamos a eso, todos los humanos, toreros o no.

          Los conceptos de “bien” y “mal”, la ética, la hemos creado los seres humanos; no es algo que venga escrito en las leyes de la naturaleza. Los humanos decidimos darnos derechos a nosotros mismos y también definimos lo que es bueno y lo que es malo. Y el eje de esa moral es el ser humano. Conforme nos vamos civilizando, ampliamos nuestra ética e incluimos en ella a lo que no es humano. Por ejemplo, decidimos que los animales tienen derecho a no ser maltratados. Pero, ojo, los animales no tienen ningún derecho per se; si lo tienen es porque nosotros, los humanos, se lo concedemos.

          ¿Está claro? Bien, pues como la moral la hemos creado nosotros, situándonos en el fiel de la balanza, resulta que no hay nada más sagrado que la vida humana. Incluso la vida del hombre más execrable debe ser respetada; por eso nos oponemos a la barbarie de la pena de muerte. Pues bien, desde una moral humanista, la vida de una persona, incluyendo a los toreros, vale más que la de todos los toros del mundo. Así de claro, y cualquier otra alternativa no es más que mierda fundamentalista.

          De lo que no os dais cuenta, panda de bobos, es que la primera gran inmoralidad del toreo reside en que una persona se juegue la vida, o cuando menos la integridad física, para divertir a otros. Y la segunda gran inmoralidad, claro, es basar un espectáculo en la tortura y muerte de un animal. Pero por ese orden.

          Ahora dejémonos de filosofías. ¿No os dais cuenta de que cada vez que os alegráis por la muerte de un torero estáis echando mierda sobre el movimiento antiraurino y desacreditando a quienes defendemos los derechos de los animales? Porque alegrarse de la muerte de una persona, situar la vida de un animal por encima de la de un ser humano, suena fatal. Es horrible, una actitud propia de fanáticos. Y no todos los antitaurinos somos así.

          Además, capullos, tampoco os dais cuenta de que la muerte de un torero es precisamente un argumento de lo más contundente para criticar las corridas. En vez de alegraros, deberíais hacer pública vuestra indignación porque esa fiesta bárbara se haya cobrado una vida humana más. Pero no, je-je, ha ganado el toro, se ha hecho justicia, qué chachi...

          ¿Sabéis lo que pienso? Que no sois animalistas por convicción; que lo sois por moda, o porque os ha dado la ventolera, o porque lo habéis visto en facebook, pero desde luego no por ética ni porque le hayáis dedicado al asunto un solo minuto de reflexión. Diría que sois mala gente, si no fuese porque en realidad creo que sois tontos.

          Así pues, la próxima vez que muera un torero, o un niño que aspire a serlo, nada impide que os alegréis por dentro; pero, aunque sólo sea por estética, hacedme el favor de tener la puta boca cerrada. Gracias.

          Ah, y por supuesto: Prohibición de los espectáculos taurinos YA.

lunes, mayo 29

Adicciones


 
          Durante una parte de mi vida, digamos que entre los 18 y los 30 años, fui un gran bebedor. De vez en cuando hacía descansos etílicos y me tiraba unos meses sin probar el alcohol, pero en general bebía mucho. Cuando contaba alrededor de treinta años, mi vida sentimental se alborotó demencialmente y me produjo un severo estrés, lo que me llevó a beber más de lo usual. Bebía por la mañana, bebía por la tarde y bebía por la noche. Estaba borracho la mayor parte del tiempo.

          Pasados unos meses, la tormenta amorosa en la que estaba inmerso se calmó y decidí dejar un tiempo la bebida. Pero, para mi sorpresa y consternación, me resultó difícil dejar de beber. Por primera vez en mi vida me causaba desazón estar sobrio. Aquello, estar volviéndome adicto al alcohol, me asustó, me acojonó tanto que no tarde mucho en convertirme en el casi-abstemio que ahora soy.

          Muchos años más tarde, a principios de los 90, yo estaba pasando por otra mala racha emocional; ya no soportaba mi trabajo en publicidad y el estrés me carcomía. Entonces empecé a hacer compras sin sentido; compraba sobre todo libros que no me interesaban y discos que no pensaba oír. En realidad, lo hacía por la satisfacción instantánea que me causa el hecho de comprar, por el chute de dopamina que me narcotizaba durante unos minutos. Me empecé a convertir en un adicto a las compras. Luego, cuando dejé la publicidad y el estrés se desvaneció, se acabaron las compras compulsivas (salvo en lo que respecta a los libros, pero eso es otra historia).

          A lo largo del tiempo, he comprobado que la mayor parte de la gente es adicta a algo, aunque no se dé cuenta. Un amigo mío es adicto al amor; necesita estar enamorado para chutarse dopamina. Otro amigo era adicto al póker (hasta que las deudas lo sepultaron). Un par de conocidos fueron adictos a la heroína. La madre de una amiga era adicta al Optalidón. Otro conocido era cocainómano. Se da el caso incluso de un gran amigo que poseía lo que podría denominarse una “personalidad adictiva”. Era adicto al juego, a la bolsa, a la cocaína, al café con leche (sic), a las chicas jóvenes...

          Desde hace unos años he visto nacer y crecer una nueva adicción: a los teléfonos móviles. O, mejor dicho, a las redes sociales. La gente se pasa horas en las redes y consulta constantemente el móvil (150 veces al día de promedio, según Oracle Marketing Cloud). La verdad es que no lo entendía, hasta que abrí un perfil en Facebook. La cosa es así: cuando escribimos un comentario o colgamos una foto y recibimos un like, experimentamos un breve chute de dopamina; cuantos más likes, más chutes, y si nos comparten, pues eso, chutazo. En realidad, cada vez que consultamos el móvil hacemos lo mismo que un yonqui preparando la jeringuilla. (No lo he dicho, pero supongo que sabéis que la dopamina es el neurotransmisor que activa las áreas de placer del cerebro).

          La cuestión es que yo me preguntaba cómo era posible que tanta gente fuera adicta a tantas y tan variadas formas de droga (cocaína, heroína, alcohol, pero también amor, religión, juego, sexo, móviles...). Al final, llegué a la conclusión de que existía un componente proclive a la adicción en la naturaleza humana. Pero hace poco leí un artículo que cambió mi punto de vista.

          Trataba sobre las investigaciones de Bruce Alexander -un psicólogo de Vancouver- sobre la adicción. La idea que tenemos acerca de ese asunto proviene de unos experimentos realizados a principios del siglo XX. Consistían en lo siguiente: Se cogía una rata de laboratorio, se la metía en una jaula y se le ofrecían dos fuentes de agua: una con agua normal y la otra con agua mezclada con alguna droga (cocaína o heroína). Al cabo de un tiempo, la rata empezaba a beber sólo del agua drogada, cada vez más, hasta que moría de sobredosis. De esto se dedujo que había sustancias tan poderosamente adictivas que, una vez probadas, eran incontrolables.

          Pues bien, Alexander advirtió que había algo erróneo en ese experimento. Se cogía una rata, se la apartaba de sus congéneres y se la encerraba en una pequeña jaula sin ninguna distracción. Eso no era un entorno natural. Así que decidió repetir el experimento, pero con una variante. Construyó una gran jaula a la que llamó Parque de Ratas. Había mucho espacio, muchas ratas, muchos elementos de distracción (bolas, túneles, ruedas...) y la más sabrosa comida para ratas.

          Luego, puso las dos fuentes de agua, una normal y otra drogada, y observó lo que pasaba. ¿Y qué pasó? Pues que al principio las ratas bebían indistintamente de un fuente u otra; pero luego, poco a poco, las ratas dejaron de consumir el agua drogada y pasaron a beber sólo el agua limpia. Y ni una sola rata murió de sobredosis.

          Conclusión: El factor desencadenante de la adicción no era la droga. Era la jaula.

          Por tanto, amigos míos, si algún día descubrimos en nosotros mismos una conducta adictiva, quizá lo primero que deberíamos preguntarnos es en qué clase de jaula estamos encerrados.
 
 

domingo, mayo 21

Cuando la ciencia enloquece...



          Como todos sabéis –lo confesé en una reciente entrada-, mi gran ambición en esta vida es convertirme en un mad doctor y hacer todo tipo de tropelías, como apoderarme de (o destruir) el mundo. De hecho, creo que reúno las condiciones necesarias para ello, salvo por el pequeño detalle de que no estoy doctorado en nada. Tengo el físico adecuado: soy muy grande, con el cráneo rapado, luzco barba de mormón y desprendo un aire avieso. Fallan los ojos, que son azules y deberían ser negros como las tinieblas; pero eso se soluciona con unas lentillas. En cuanto a mi intelecto, me paso la vida imaginando ideas extravagantes, lo que no puede ser más adecuado para la dedicación a la que me refiero. Pero no hablemos de mí, sino de vosotros.

          ¿Os habéis preguntado de dónde sale el arquetipo del científico loco? ¿O qué significa? ¿O en cuántas clases se subdividen los mad doctors? ¿O si ha habido científicos locos en la vida real?  ¿O cuál fue el primero?

          Eso último es sencillo: El primer científico loco de la historia fue Víctor Frankenstein, protagonista de la novela que tiene por título su apellido, de Mary Shelley. No os podéis ni imaginar lo importante y germinal que fue esa novela. De entrada, es la primera novela de ciencia ficción. Además, el primer mad doctor de la historia. Y por último, presenta el primer hombre sintético generado por la ciencia. Si eso no es germinal, que venga Cthulhu y lo vea.

          Por otro lado tenemos las circunstancias que dieron origen a la novela. Mary Shelley y su marido Percy Bysshe Shelley viajan a Suiza, donde habían sido invitados a pasar el verano en la residencia de su amigo Lord Byron, Villa Diodati, junto al lago de Ginebra. Eso ocurrió en 1816, el famoso año sin verano, pues el cielo del planeta se había oscurecido a causa de las cenizas proyectadas por la explosión del volcán Tambora en Indonesia. ¿Os podéis imaginar un escenario más sugestivo y, a la vez, inquietante? En el transcurso de aquel encuentro, Byron les propuso a los Shelley,  y a su médico personal John Polidori, que cada uno escribiera una historia de terror. Sólo dos de ellos, Mary Shelley y Polidori, completaron sus relatos. Y así surgieron dos grandes mitos de la cultura popular: Frankenstein y el vampiro.

          ¿No os gustaría saber más sobre el asunto? ¿No os apetece revolcaros en el fango de la alta cultura friki? ¿No os seduce la idea de paladear el embriagador vino del romanticismo siniestro? ¿No os embelesa la posibilidad de codearos durante unos días con un grupo de personas extravagantes, locas y encantadoras (como, por ejemplo, yo)? Seguro que sí, pues en caso contrario no leeríais este blog.

          Bueno, pues estáis de suerte, porque, del 3 al 7 de julio, en los Cursos de Verano del Escorial,  el gran Ricard Ruiz Garzón va a dirigir el curso LOS ESPEJOS DEL MONSTRUO: 200 AÑOS DE 'FRANKENSTEIN'. En el evento participarán el propio Ricard, Sergi Viciana, Elia Barceló, Luis Alberto de Cuenca, Lisa Tuttle, Ian Watson, Sofía Rhei, Gonzalo Suarez, Fernando Marías, Cristina Macía, Alejo Cuervo, Jesús Palacios y mucha gente interesante más.

          Entre ellos, este vuestro seguro servidor, que el día 3, a las 12:00, dará una conferencia titulada Cuando la ciencia enloquece: la figura del 'mad doctor' en el género fantástico. Y luego, a las 16:00, participará en una mesa redonda titulada El milagro de Mary Shelley, junto a Ricard, Sergi, Luis Alberto y Elia. ¿Os lo vais a perder? No seáis mendrugos; valdrá la pena asistir a ese curso. Además, ¿acaso no sois amantes de la fantasía, la ciencia ficción y el terror? Pues bien, si el curso tiene éxito en un futuro habrás más dedicados a esos géneros de nuestras entretelas. Coño, inscribíos, que más triste es robar que pedir...

          Echadle un vistazo al programa del curso pinchando AQUÍ
 
 

lunes, mayo 1

Adiós, cariño


         
 

          Hoy estoy triste, muy triste. Fuera, más allá de la ventana, la mañana era soleada en Madrid; pero dentro, en mi interior, llovía mansamente y hacía frío. Mi corazón no está aquí, sino a 624 kilómetros de distancia, en Barcelona.

          Se llamaba María Luisa Lafuente; era la ahijada de mi padre, José Mallorquí y, a su vez, era mi madrina –y su marido, José María Gispert, mi padrino-. También era una de las mujeres más buenas, sensibles e inteligentes que he conocido. Murió esta madrugada. Hoy, a media mañana, me ha telefoneado mi padrino para decírmelo. Llevo horas llorando.

          Lo más terrible de todo es que ésta es la segunda vez que muere, porque hace años contrajo la terrible, la injusta, la abominable  enfermedad del olvido, y su mente comenzó a disolverse como una voluta de humo en medio de un vendaval. La última vez que hablé con ella por teléfono, hace ya muchos años, estoy seguro de que no me reconoció. Simuló que sí, pero no, no sabía quién era yo. Lo noté, entre otras cosas, porque no me saludó como siempre lo hacía, no me dijo: Hola, cariño.

          Más tarde, poco a poco, dejó de conocer, dejó de hablar, dejó de estar.  Una vez fui a Barcelona y comí con mi padrino y sus hijas. Después, me invitaron a subir a la casa familiar para ver a María Luisa, pero rehusé. No podía soportar verla así. Más tarde, de regreso a Madrid, me di de bofetadas y me llamé a mí mismo cobarde y gilipollas, que es lo que era (y supongo que soy). La siguiente vez que estuve en Barcelona, fui a verla. Ella ya no estaba allí, era un fantasma, un eco. Y que precisamente María Luisa, una mujer tan sensible, culta e inteligente, tuviera aquel destino, me pareció tan injusto que derramé lágrimas en las que se mezclaban la desolación y la rabia. A veces me gustaría creer en dios para poder odiarlo.

          Sin embargo, la siguiente vez que visité a María Luisa presencié algo que me desconcertó.  Mi madrina, ajena a todo, movía una mano como si siguiera los compases de una melodía. Era como si en el interior de lo que quedaba de su mente hubiera una orquesta tocando sólo para ella. Esta mañana mi padrino me ha dicho que María Luisa ha muerto dulcemente, “como una vela que se extingue”. Quiero creerlo así, quiero creer que mi querida madrina ha muerto sin dolor ni angustia, con una sinfonía en la cabeza.

          Hoy lo he recordado: cada vez que María Luisa me telefoneaba su saludo inicial era un dulce “hola cariño”. Y luego hablábamos mucho rato. Ella siempre me animó a escribir. Me decía: “Tú serás escritor”, incluso cuando yo trabajaba en publicidad y ni se me pasaba por la cabeza dedicarme a la literatura. “Tú serás escritor”... Al final tuvo razón; me conocía mejor que yo mismo.

          Esta madrugada ha muerto María Luisa Lafuente, mi madrina, mi amiga, mi segunda madre. Los que no la conocisteis no os podéis hacer una idea de lo maravillosa que era. Pensad en algo muy hermoso, extraordinariamente bello; pues así era ella, por dentro y por fuera. Ahora se ha ido, y el mundo es un poquito menos luminoso, pero deja muchas cosas buenas tras de sí. Está su marido, José María, mi padrino, un hombre excelente, y están sus tres maravillosos hijos, Emma, Mireia y Oriol, y un puñado de nietos y biznietos. Y su recuerdo.

          Ya es por la tarde, y llevo un rato evocando algo que sucedió hace mucho tiempo, cuando yo tenía quince o dieciséis años. Es una tontería, pero no sé por qué me parece importante. La primera vez que probé la pizza fue en Barcelona. María Luisa me invitó. Creo que es bonito recordar la primera vez que hiciste algo y con quién estabas. Una tontería, ya os lo he dicho…

          Supongo que la vida es una constante despedida, y que el tiempo acaba quitándote todo lo que amas. En fin... Gracias María Luisa, querida madrina, por todo lo bueno que me diste, incluyendo la pizza. Nunca te olvidaré.

          Adiós, cariño...

lunes, abril 10

Publicar



Aún recuerdo la primera vez que publiqué algo; yo tenía quince años y gané un concurso de relatos de cf promovido por una revista de divulgación científica. Fui al quiosco, vi mi cuento impreso y regresé a casa dando, literalmente, saltos de alegría. Pocas cosas en la vida me han hecho tanta ilusión. Más adelante, cuando con diecisiete años empecé a colaborar con La Codorniz, me quedaba mirando con orgullo mis artículos impresos, satisfecho de mí mismo.

Esa es la gran ambición de todo aspirante a escritor: publicar, publicar algo, lo que sea, un folleto, un artículo, un cuento o, como máxima expresión de la gloria, un libro. Es lógico. No solo se trata de poder presumir ante los demás en plan, mira qué libro tan bonito, acarícialo, huélelo, dale un lametazo. ¿A que es una maravilla? Pues lo he hecho yo solito. Tampoco es únicamente el justo deseo, que todo creador alberga, de que su obra esté al alcance de cuantos más mejor. En realidad se trata de algo más importante: publicar tu primer libro es como cruzar un portal que te traslada a otra dimensión. Porque, vamos a ver, ¿cuándo puede alguien afirmar, sin ruborizarse, que es escritor? Pues cuando publica su primer libro. Ese es el rito de tránsito que te convierte en algo distinto (y mejor) de lo que eras. Es como el enclenque Billy Watson diciendo ¡Shazam! y transformándose en el superpoderoso Capitán Marvel.

Vale, es psicológicamente comprensible. Lo que los aspirantes a autor suelen ignorar es que eso, publicar un libro, no es más que la primera valla que un escritor debe sortear en lo que sólo puede describirse como una larga carrera de obstáculos. De hecho, publicar un libro puede –y suele- no significar absolutamente nada.

En fin, estoy hablando del proceso normal de edición. Mandas tu manuscrito a una editorial, te lo aceptan (o no), firmas un contrato, trabajas el texto con un editor y finalmente se publica en rutilante papel. Pero hay otras formas de edición. Por ejemplo la coedición. Es decir, vas a una editorial con tu novela y la editorial se compromete a publicarla. Pero tú pagarás la mitad de los costes de edición. A cambio, la editorial se compromete a corregirla, imprimirla, distribuirla y promocionarla.

Qué bonito, ¿verdad? No te van a decir que no; publicarán cualquier cosa que hayas escrito. El único problema es que la mayoría de las editoriales de coedición son un timo (y no digo la totalidad por respeto a la duda filosófica). Porque, veréis, lo más probable es que la editorial coeditora edite tu libro (si es que lo edita) gastando sólo una parte de la mitad que has pagado. O sea, que no arriesgará ni un céntimo. Por supuesto, no habrá prácticamente ninguna corrección del texto. La distribución (si es que la hay) será en dos o tres librerías de barrio. En cuanto a la promoción, habrá un par de presentaciones de la novela, en la que se venderán (a tus familiares y amigos) los únicos ejemplares que vas a vender de esa edición (cuyo importe se quedará la editorial, claro). Por supuesto, despídete de recibir derechos de autor.

          Otra variante es la autoedición. Es decir, publicas tú mismo tu novela. En Internet, que sale gratis. Vale, suena muy bien, pero tiene un problema: ¿Os hacéis una idea de cuántas novelas autoeditadas hay en la Red? No tengo ni idea, pero deben de ser cientos de miles. ¿Y cuántos saben algo de ellas, aparte de sus autores?

          Hace poco asistí a una charla sobre esto en feisbuc. La conclusión a la que se llegó es que es muy distinta la autoedición de un autor  ya conocido en el circuito mainstream, por decirlo así, que el caso de un desconocido que se edita a sí mismo porque nadie más quiere hacerlo. El primer autor ofrece ciertas garantías; sabes lo que ha escrito, has leído entrevistas y críticas, conoces su trayectoria... Mientras que del segundo autor lo único que sabes es que está desesperado por publicar.

          Esa es la cuestión: ciertas garantías. El año pasado se publicaron en España más de ochenta mil títulos. ¿Cómo puedes orientarte ante esa desmesurada oferta? ¿Cómo sabes cuáles son adecuados para ti y cuáles no? Hay diversos medios, claro. Uno de ellos es las garantías que te ofrezca la editorial. Por ejemplo, no me fio ni un pelo de los libros que edita Planeta, pero sí de los que edita Anagrama (o editaba la Minotauro de Porrúa). Eso no significa que me vayan a gustar todos los libros de Anagrama, pero sí que esos libros tendrán cierta sintonía con mi sensibilidad y, por supuesto, calidad.

          Esa precisamente es una de las funciones de las editoriales: filtrar los textos, eliminar los infumables y publicar sólo los que consideren adecuados. Pero, un momento, ¿qué es eso?... Ah, ya suenan airadas voces clamando: “¡Qué filtros ni qué hostias, con la cantidad de mierdas que se publican!”. Responderé por partes: 1 Evidentemente, hay malos editores, igual que hay malos escritores o malos lectores. 2 Incluso los mejores editores pueden meter la pata. 3 Aunque te sorprenda, “No me gusta” no es sinónimo de “Es malo”. 4 Las editoriales son empresas cuyo fin último es -¡oh cielos, qué terrible revelación!- ganar pasta. Si la gente compra El Código Da Vinci, se jartarán de publicar códigos da vincis, y si lo que se consume  son las Sombras de Grey, se pondrán ciegos de sombras (qué bonita imagen, ¿verdad?). 5 Hay gente para todo. Algunos son lectores exquisitos, como tú, mientras que otros preferirían una exploración anal antes que leer alta literatura. Por eso hay tantas clases de libros. ¿Cómo, que abundan los malos? Claro, pero recuerda la Ley de Sturgeon. 6 Por último, cuando digo que las editoriales –los editores- filtran la mierda, no sabéis hasta qué punto soy literal.

          A las editoriales llegan toneladas de manuscritos enviados por autores nóveles ávidos de publicar su primera novela. Ahora bien, si han mandado su original se supone que lo consideran bueno, un texto digno de competir con el catálogo de cualquier editorial. Pues, en fin, no os podéis ni imaginar los textos que envía la gente, ni haceros una idea de hasta qué punto la autocrítica es una virtud escasa. No estoy hablando sólo de historias adocenadas, con personajes de cartón piedra, diálogos encorsetados y descripciones toscas. No, qué va, es mucho peor.

          Hace años, estuve en una editorial que acababa de fallar un premio literario, así que había decenas de manuscritos amontonados. Comenté la abrumadora cantidad de originales que habían llegado y el gran trabajo que suponía leerlos todos. Entonces, mi amigo editor (o editora) me dijo que, en ocasiones, bastaba con leer un par de páginas para hacerte a una idea de cómo era el texto. Y, como ejemplo, me trajo uno de los originales y me invitó a echarle una ojeada (estaba firmado con pseudónimo, así que ignoro quién era el autor).

          Sólo leí un par de páginas, pero aquello era indescriptible. El texto carecía de la menor noción de sintaxis, y la puntuación se distribuía al azar. Las descripciones no es que fuesen mala, es que no se entendían. Los personajes hablaban como si fueran robots.

          Evidentemente, esa novela (?) no ganó el premio, y ningún editor en su sano juicio la publicará jamás. Sin embargo, su autor, convencido de que hay una confabulación mundial de editores en su contra, bien puede haberla autoeditado , y a lo mejor ese engendro está ahí, agazapado en Internet, a la espera de que algún insensato lo adquiera. Eso es lo que sucede cuando no hay filtros.

          Así pues, si alguna moraleja ha de tener este comentario, sería la siguiente: Con frecuencia es peor publicar antes de tiempo, que no publicar. Amigo escritor novel: como dije hace mucho, no intentes correr antes de saber andar, ni volar antes de dominar la carrera. No te desesperes por publicar, porque eso, en realidad, no es nada. Antes, preocúpate por aprender las técnicas y trucos del oficio de escritor. Y sólo entonces, cuando estés preparado, publicarás. ¿Y cómo sabrás que estás preparado? Pues cuando un lector experto (un editor, por ejemplo) te lo diga. Así de sencillo.

jueves, marzo 23

Escribir es mi trabajo


 
 
          Recientemente, un conocido bloguero ha publicado una entrada difundiendo enlaces de las más populares páginas dedicadas a la piratería de libros. Ha publicado eso, no porque sea un valiente Robin Hood que le quita a los pérfidos autores sus derechos para distribuirlos entre los pobres, sino para aumentar el tráfico en su blog y cobrar más por la publicidad. Lo mismo hacen las páginas pirata.

          El derecho a la propiedad intelectual fue un avance social (surgido en el siglo XVIII) que libró a los creadores de la tiranía de los mecenas y los editores+++, y de la apropiación de su obra por parte de cualquiera. Ese derecho fue posteriormente incluido en el artículo 27.1 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos.

          Quienes defienden la piratería suelen alegar que “Apoyar la cultura es compartirla”. Vale, no lo voy a negar. Pero hay que diferenciar entre “cultura” y “producto cultural”. Actualmente,  la cultura se comparte mediante la educación gratuita, las exposiciones, los museos o las bibliotecas públicas. Nada de eso daña los intereses de nadie, muy al contrario. Pero los productos culturales (libros, películas, cómics, música...) son otra cosa. Detrás de ellos hay una industria (cultural) y unos trabajadores. En el caso de los libros, están las editoriales y los autores. Pero también los editores, los traductores, los correctores, los diseñadores, los impresores, etc. Todos esos trabajadores tienen derecho a cobrar por su trabajo. En el caso de los autores, sólo cobran un porcentaje de las ventas, así que si su libro no se vende, no cobran nada (o muy poco en el caso de que haya anticipo).

          Si todo el mundo siguiera el ejemplo y la “filosofía” de los adalides de la piratería, nadie pagaría por un libro ni por ver una película. Las consecuencias son evidentes: las empresas culturales cerrarían, se perderían miles de puesto de trabajo, la mayor parte de los autores dejarían de escribir. Además, no se traducirían libros, con el brutal empobrecimiento cultural que eso conllevaría. Qué curioso eso de apoyar la cultura destruyéndola...

          De hecho, ya está ocurriendo. El 87’48 % de los contenidos consumidos el año pasado en Internet eran ilegales, lo que supone un perjuicio de 1.669 millones de euros al sector cultural. Y las cifras crecen año a año. Esto nos afecta a todos, y no solo a los creadores, pues las arcas públicas pierden anualmente, en concepto de impuestos, unos ingresos de casi 600 millones.

          Apoyar la cultura significa apoyar a los que la crean. No regalándoles nada, por supuesto; bastaría con respetar sus derechos legales. Soy escritor, ese es mi trabajo. Dedico ocho horas al día, cinco días en semana, a la creación literaria. Mi jornada es como la de cualquier otro trabajador. Porque escribir profesionalmente es un trabajo, duro y arriesgado. Algunos de mis libros han vendido muchos ejemplares, pero otras han vendido muy poquitos, hasta el punto de no compensar el esfuerzo y el tiempo dedicados. Pero lo asumo, es un riesgo que forma parte del trabajo. Jamás he pedido ninguna subvención, nada, ni un céntimo. Lo que gano es fruto de mi esfuerzo, del esfuerzo de muchas décadas, y de mi talento, sea poco o mucho. Creo, además, que mi trabajo es bonito; fomentar la lectura, hacer soñar a la gente, divertir al lector. No creo ser mala persona. Por eso, me entristece que haya gente dispuesta a arrebatarme mis derechos de autor. Pero quienes más me cabrean son aquellos que, encima, pretenden convencerme de que lo hacen por mi bien. Y una mierda; lo hacen para ganar, o ahorrarse, unas monedas. Lo hacen porque son unos mezquinos a los que, en el fondo, les importa un bledo la cultura.

jueves, marzo 16

Malvados y gilipollas



          En el anterior post hablaba del poder destructivo de la estupidez. Eso me ha recordado el Principio de Hanlon: “Nunca le atribuyas a la maldad lo que puede ser explicado por la simple estupidez”. Y esa frase de Einstein que reza: “Solo hay dos cosas infinitas: la estupidez humana y el Universo. Y no estoy muy seguro de lo último”. Pero, claro, se puede ser las dos cosas a la vez: malo y tonto, la mezcla más explosiva que existe.

          Por ejemplo, poca gente está más en contra de la tauromaquia que yo. Pero si se ha de salvar una vida en esa fiesta bárbara, siempre preferiré que se salve la del torero, aunque su trabajo me parezca repugnante. Porque es un ser humano, y la vida humana es sagrada. De hecho, cuando critico las corridas de toros, suelo argumentar esto: que un espectáculo no puede basar parte de su atractivo en que un tipo ponga en riesgo su vida. Los taurófilos no lo entienden. Pero si nadie obliga a los toreros, alegan. Ah, bueno, si es por eso reinstauremos las luchas de gladiadores, porque siempre encontraremos a dos gilipollas dispuestos a matarse. A lo que iba: que estoy totalmente en contra de la tauromaquia: por el riesgo que supone para la vida humana, por el maltrato animal y porque es una horterada.

          Pues bien, cuando el año pasado murió a causa de una cogida el torero Víctor Barrio, las redes (a)sociales se llenaron de comentarios celebrando esa muerte. Por ejemplo: “Celebro la muerte de Víctor Barrio, cualquiera que ataque a un animal indefenso merece morir”. O: “Por qué lloran la muerte de Victor Barrio si el mismo se lo busco, aplauso al toro que antes de morir pudo deshacerse de esa escoria humana”. O (dirigiéndose a la viuda de Barrio): “La vida fue muy justa :) Tu marido recibió lo que se merecía. Debería ocurrirle a todos los cobardes, hijos de puta, como él”. En fin, un montón de comentarios de este tenor.

          Parece mentira que gente con, supuestamente, tanta sensibilidad para los animales, carezca totalmente de ella en lo que respecta a los seres humanos. Como dijo en un chat, respecto a esos comentarios, alguien apodado “Dios”: “Esto no es amar a los animales, esto es ser un hijo de puta”. ¿Es así? ¿Los que hacían eso comentarios festejando la muerte de una persona son malvados?  Bueno, sin duda son malos, porque hacían (decían) el mal. Pero creo que fundamentalmente son muy, pero que muy idiotas. En su pequeño cerebro las cosas son así: toro bueno, torero malo. Y ya está, no llegan más lejos. Se han convertido en fanáticos (animalista) porque el fanatismo sólo contempla una idea sin el menor matiz, y su cabeza es incapaz de albergar más de una idea y, por supuesto, ni el menor matiz. Son malos, pero sobre todo son tontos.

          Siguiendo con el mundo del toro, hace poco salió a la luz un niño de ocho años llamado Adrián. Resulta que el pobre chaval padece Sarcoma de Ewing, una variedad de cáncer especialmente maligna que le obligaba a una dolorosa quimioterapia. Además, Adrián quería ser torero. El caso es que el mundo taurófilo le hizo un homenaje, o algo así, y la historia de Adrián apareció en los medios de comunicación. Entonces las redes ¿sociales? se hicieron eco del asunto. Una tal Aizpea Etxezarraga dijo: “Yo no voy a ser políticamente correcta. Qué va. Que se muera, que se muera ya. Un niño enfermo que quiere curarse para matar herbívoros inocentes y sanos que también quieren vivir. Anda yaaaaa! Adrián, vas a morir”. Otro, llamado Manuel Ollero, dijo: “Qué gasto más innecesario se está haciendo con la recuperación de Adrián, el niño este que tiene cáncer, quiere ser torero y corta orejas”. Y añadió: “No lo digo por su vida, que me importa 2 cojones, lo digo porque probablemente ese ser esté siendo tratado en la sanidad pública, con mi dinero”.

          Deteneos un momento a pensarlo: Para desearle públicamente  la muerte a un niño de ocho años enfermo de cáncer ¿basta con ser mala persona? No, ni mucho menos: también hay que ser un soberano gilipollas. Porque los autores de esos comentarios fueron detenidos y están acusados de incitación al odio, o algo así. Es decir: hicieron daño a otros y a sí mismos; el más alto grado de estupidez que se puede alcanzar, según definía Carlo M. Cipolla en su famoso ensayo Allegro ma non troppo. En el caso de Manuel Ollero, cuando vio que sus comentarios se habían hecho públicos, canceló su cuenta de Twitter intentando escurrir el bulto. Menuda joya: malo, bocazas, tonto y cobarde.

          En resumen: El mal es malo (menuda perogrullada); pero el mal unido a la estupidez es mucho peor.


martes, febrero 28

¿Heil Trump?




          A veces pienso en los judíos. Concretamente, en los judíos que se quedaron en Alemania a partir de 1933, cuando Hitler alcanzó el poder. No todos lo hicieron, algunos supieron interpretar los signos y pusieron tierra de por medio; pero la inmensa mayoría se quedó. ¿Por qué?

          Intento ponerme en el lugar de esa gente y me asombra que no hicieran nada y se quedaran ahí, como ovejas a la espera del matadero. Pero luego me doy cuenta de que estoy cometiendo un error de perspectiva: Yo sé lo que hicieron los nazis, pero los judíos alemanes de entonces no sabían lo que iban a hacer. De hecho, ¿alguien podía imaginárselo?

          Si contemplas a Hitler olvidándote de lo que hizo; es decir, si lo contemplas como si fuera la primera vez que lo ves, ¿qué ves? A un payaso de gestos ampulosos con un discurso xenófobo y nacionalista sostenido por una ridícula argumentación basada en la pureza de sangre. Era fácil no tomarse en serio a Hitler, con ese ridículo bigotito, una absurda tendencia a ir en pantalones cortos y un ego del tamaño del Reichstag.

          Sin duda, los judíos que se quedaron no se tomaron en serio a Hitler. Supongo que pensaron que no se atrevería a hacer todo lo que había dicho que iba hacer. Debieron de decirse: “Bueno, nos tocará un poco las narices, pero no se atreverá a ir muy lejos”. Joder que si fue lejos... Pero, ¿quién podía imaginar entonces las monstruosidades que estaban por llegar?

          Pues los judíos que se fueron. Y entonces me pregunto: ¿Qué los alertó? ¿Qué los alarmó hasta el punto de hacerles abandonar sus hogares y su patria? Vale, el discurso de los nazis era alarmante, pero siempre ha habido populistas vocingleros de extrema derecha. Yo creo que no se trató tanto de las palabras como de los hechos. La señal de alarma fueron las SA, los Camisas Pardas, los matones del partido. Ellos demostraban que la ideología nazi no era sólo un montón de bravuconadas, sino un plan destinado a convertirse en realidad mediante extorsión, palizas y asesinatos. Sobrado motivo para largarte, si eres judío y medianamente perspicaz.

          Siempre me ha fascinado (al tiempo que horrorizado) la Alemania nazi y la Segunda Guerra Mundial. He leído ( y leo) mucho sobre el asunto, y conforme me informaba llegué a una conclusión sorprendente: los jerarcas nazis eran una panda de imbéciles, unos gilipollas de mucho cuidado. Ya sé que resulta difícil de aceptar; queremos creer que tras un mal monstruoso se agazapa un inteligencia perversa, pero poderosa. En cierto modo, nos resulta humillante pensar que tanta gente murió a causa de la estupidez de unos mediocres.

          Eso es lo que le pasó a Hannah Arendt cuando, refiriéndose a Adolf Eichmann, habló de “la banalidad del mal”. La pusieron a parir, sobre todo los judíos. Se esperaba (se deseaba) que presentase a Eichmann como un monstruo, un genio del mal. Pero no, Eichmann era un mediocre burócrata que se ocupó de un genocidio igual que, en otras circunstancias, se hubiera ocupado de dirigir una fábrica de salchichas. No, Eichmann no era un monstruo distinto, por su monstruosidad, del resto de la especie humana. Era un ser humano como otro cualquiera. Lo que pasa es que los seres humanos podemos actuar como monstruos.

          La mayoría de los jerarcas nazis eran idiotas que se convirtieron en monstruos, esa es la cuestión. Las ideas políticas de Hitler eran de una simpleza apabullante; como estratega era un inútil y su megalomanía le impedía ver más allá de su ombligo. Incluso creía en horóscopos y mediums. El segundo en el mando, Heinrrich Himmler, podía creerse literalmente cualquier cosa, desde el mito de Shangri-La hasta poderes mágicos. Probablemente era, junto con el tonto de Rudolph Hess, el único que creía de verdad en el trasfondo esotérico del nazismo. Hermann Goering era un seboso que sólo pensaba en comer y follar. Joseph Goebbels era brillante en ciertos aspectos (propaganda política, por ejemplo), pero estaba tan pagado de sí mismo, era tan vanidoso, que acababa convirtiéndose en un imbécil. La verdad es que el único tío inteligente que había en ese grupo era Albert Speer. Prueba de ello es que, tras Núremberg, no solo se salvó de la horca, sino que se hizo millonario publicando sus (mentirosas) memorias.

          En fin, que los responsables de uno de los mayores genocidios de la historia no eran el Doctor No y sus secuaces, ni el mefistofélico Fu Manchú, ni el profesor Moriarty. Eran una panda de gilipollas. Lo cual demuestra algo: no hay fuerza en la naturaleza tan destructiva como la idiotez. Ya lo decía Schiller: Contra la estupidez, los propios dioses luchan en vano.

          Últimamente se compara con frecuencia a Donald Trump con Adolf Hitler. ¿Tiene sentido esa comparación? Bueno, hay similitudes, es innegable. Ambos, Donald y Adolfo, son populistas nacionalistas, ambos son xenófobos supremacistas blancos, ambos son de extrema derecha, ambos son belicistas, ambos son ególatras. Por otro lado, los dos cuentan con adornos capilares ridículos: Hitler el bigotito y Trump esa mata de pelo naranja. Además, los dos tienen apellidos rotundos.

          Eso del apellido no es una tontería tan grande como parece. El padre de Hitler se llamaba Alois Schicklgruber, pero se cambió el apellido por el de su padrastro, Hitler (que en realidad se llamaba Hiedler). Pues bien, el historiador y biógrafo Ian Kershaw comentaba en tono distendido que sin ese cambio de apellido, Adolf lo habría tenido más difícil, porque no es lo mismo exclamar “Heil Hitler” que gritar “Heil Schicklgruber”. Así pues, ¿qué tal suena Heil Trump?

          No obstante, hay una diferencia fundamental entre ambos: Hitler tenía una misión, una idea (horrible, pero idea al fin y al cabo), un plan, un objetivo. Trump no tiene más misión, idea, plan y objetivo que él mismo. Las personas pueden ser peligrosas, qué duda cabe, pero más peligrosas aún son las ideas. Porque las personas fallecen, o pueden ser recluidas, pero las ideas no mueren (y si lo hacen tienden a resucitar), ni pueden ser encarceladas. Hitler tenía una idea megalómana, mesiánica, que no solo arrastró multitudes, sino que, mal que nos pese, le ha sobrevivido. Trump no tiene ninguna idea.

          ¿Quiere eso decir que Trump no es peligroso, que sólo es el payaso que parece? Ni mucho menos. Porque hay otra similitud entre él y Hitler que no he mencionado: los dos son gilipollas. Y ya ha quedado claro que la estupidez es la fuerza más destructiva que existe.

          Al pensar en estas cosas es cuando recuerdo a los judíos que se quedaron.
 
 

miércoles, febrero 8

Me pareció ver a un lindo gatito...



          Tras ingresar en Feisbuc y observar el tráfico que allí se desarrolla, tengo una importante pregunta que formular: ¿Qué demonios le pasa a la gente con los gatos? Dos de cada tres videos son de gatitos y hay montañas de comentarios que rezuman pasión por los mininos. Es como si se hubiera desatado una epidemia de ailuromanía  (que, como todo el mundo sabe, significa amor excesivo –o adicción- a los gatos).

          Vale, no es que el fenómeno me coja de nuevas. Tengo varios amigos que se colocan esnifando pelos de gato. Sobre todo una pareja, dos de mis mejores amigos, a los que sólo les falta rendir culto a Bastet (que, como todo el mundo sabe, es la diosa-gata egipcia). Tenían dos gatos, pero uno murió (descanse Nata en paz), y ahora vuelcan todo su amor sobre el que les queda. Pues bien, cada vez que les oigo hablar sobre sus gatos me sube el azúcar en la sangre y me entran ganas, primero de vomitar y después de colgarme de una viga.

          Y no es que tenga nada contra los gatos, ni mucho menos. Pepa, mi mujer, sí; odia a los gatos (a eso se le llama elurofobia. Joder, qué cantidad de cosas inútiles estáis aprendiendo en este post...). Pero yo no; me gustan los gatos... moderadamente. Prefiero los perros, lo reconozco; porque con un perro se puede mantener una conversación razonablemente sensata, mientras que con un gato es imposible. No te presta la menor atención. De hecho, un perro te quiere, mientras que un gato, en el mejor de los casos, te tolera.

          En fin, está tan clara la superioridad del perro sobre el gato, que no hace falta ni explicarlo. A fin de cuentas, los perros son nuestros amigos más antiguos, porque fueron la primera especie domesticada, hace entre 18.000 y 32.000 años. Bueno, los perros no, los lobos. Por cierto, ¿no os parece raro que el primer animal en domesticarse fuera una gran carnívoro? Algún día hablaremos de eso. El caso es que los gatos fueron domesticados hace sólo unos 9.000 años; son unos recién llegados. Además, en realidad son semidomésticos, porque, no nos engañemos, es imposible domesticar a un felino. Vamos, que a tu maravilloso gato no le puedes ni enseñar a dar la patita. Le falta coco.

          Fijaos, si no, en lo que pueden hacer los perros: Cazan, pescan, pastorean, rastrean, salvan vidas, tiran de trineos, protegen gente y animales, acaban con ratas y alimañas, guían a ciegos, proporcionan terapia, detectan explosivos... y dan la patita. ¿Qué hacen los gatos? Cazar ratones y protagonizar videos de internet. De hecho, los gatos no siempre han gozado de la buena prensa actual. Por ejemplo, recordad los gatos de dibujos animados... todos son villanos. Tom es el antagonista de Jerry, Jinks lo es de Pixie y Dixie, y Silvestre es el malo frente al canario Piolín. En el cómic Maus, de Spiegelman,  los ratones son los judíos y los gatos los nazís. Fritz the Cat, de Roger Crumb, es un yonqui. Para colmo, los gatos negros dan mala suerte.
          Hay algo que me pone muy nervioso de los gatos. Estás en tu casa, de noche, solo, haciendo lo que sea. Delante de ti está tu gato. De pronto, el gato se pone a mirar por detrás de ti, como si hubiera algo que se mueve y él lo siguiera con los ojos. Vuelves la cabeza, pero ahí no hay nada. Sin embargo, el jodido gato sigue en sus trece, siguiendo con la mirada algo que no está, y, sin dejar de mirar de un lado a otro, levanta las orejas, y gira la cabeza, y bufa por lo bajo, y tú piensas alarmado “¿Pero qué coño está viendo?”... Antes me ponía nervioso, pero ahora tengo la respuesta: El animal está ahí, con cara de decir “Uy, soy un gato, veo cosas que tú no puedes ver”, pero es mentira, puro postureo; no ve nada, te está vacilando, es un cabrón.

          Pero no quiero ser injusto; los gatos tienen cosas buenas. Por ejemplo, en el cómic underground Freak Brothers de Gilbert Sheldon (sobre tres hippys fumadores de marihuana), aparece un gato que no tiene nombre: Fat Freddy's Cat. En una de las tiras, alguien le pregunta a Fat Freddy por qué prefiere a los gatos en vez de a los perros. Y Fat Freddy contesta: “¿Has visto alguna vez un gato policía?”. Un punto a favor de los mininos: no son chivatos acusicas olisqueadores de alijos de maría. Y hay más. Los gatos son independientes, y no hay que sacarlos a pasear, y son elegantes, y son bonitos (aunque no tanto como ciertos perros; el setter irlandés, por ejemplo). Ah, y hay unos videos de gatos que me encantan: los videos en que aparecen pepinos y gatos. Buscadlos –cats & cucumbers- y veréis qué risa.

          Algunos perros, por su parte, tienen el grave defecto de ser demasiado dependientes de ti. Eres el jefe de la jauría, el macho alfa, te idolatran, y a veces se ponen muy pesados. Pero eso se soluciona eligiendo la raza canina adecuada. ¿Quieres un perro más independiente? Pues agénciate un mastín. Mi último perro, Spok, era un mastín del pirineo, una especie de perro-gato por carácter, ochenta kilos de puro músculo y tan alto puesto de patas como yo. Los mastines son tan independientes como los gatos y el único problema que te darán es evitar que se coman a alguien.

          Otra complicación de los perros es que necesitan mucho espacio; un piso no es lugar adecuado para que viva un perro, salvo que sea una de esas ridículas miniaturas de compañía. Pero eso se soluciona comprándote una finca, claro. Y... ya no se me ocurren más problemas específicos de los canes.

          Supongo que muchos de los múltiples amantes de los gatos estarán leyendo esto con el ceño fruncido y expresión torva. No hay motivo, insisto, no tengo nada contra los gatos. Pero está claro que los perros son intelectualmente superiores. Aunque, en última instancia, ambos, perros y gatos, pueden ser un coñazo. Ya, ya sé, mi ailuromaniaco amigo, que te resulta imposible contemplar a tu mascota con algo que no sea el más profundo amor, pero voy a intentar que adoptes, siquiera durante unos minutos, un punto de vista diferente. Te sugiero que leas un cuento de P. G. Wodehouse llamado Adiós a todos los gatos (lo puedes encontrar en Internet). Cuenta lo que ocurre cuando, durante un fin de semana, un hombre va a pedir la mano de su prometida al hogar de los padres de ésta, una mansión llena de gatos y perros; sobre todo gatos. Es uno de los relatos que más me han hecho reír en mi vida, y además te permite comprender hasta qué punto es posible odiar a los mininos.

          ¡Alto ahí! ¡Es imposible odiar a esas cositas tan tiernas, a esas bolitas de algodón, con esos ojitos, ese morrito y esos bigotitos adorables! ¿Seguro? ¿Los gatitos son cositas tiernas y adorables? Me temo que esa opinión es fruto de una información sesgada. ¿Habéis visto alguna vez a un gato cazando a un ratón? Yo sí, y me revolvió el estómago. Porque antes de matarlo, el gato se tira un buen rato torturando literalmente al pobre ratón.  No me apetece describirlo, es muy desagradable. Pero hay videos en Internet; poned en Google “gato torturando a ratón” y se abrirá ante vuestros ojos una auténtica galería de los horrores. ¿Cositas tiernas los gatos? Sí, claro; tiernísimas. Se merecen que les pongan un pepino al lado.

          No obstante, hay un gato que siempre ha contado con mi apoyo, con la esperanza, además, de que haga uso de toda su crueldad. Toda la vida he deseado ardientemente que Silvestre atrape a Piolín, ese canario insufrible, y se lo coma, no sin antes infligirle un atroz tormento.

          Por último, una pregunta a los ailuromaniacos: Si los gatos tuvieran el tamaño de un mastín, ¿tendríais un gato?