jueves, agosto 24

Infieles



          Dicen que si tienes una Biblia, pero no la has leído, entonces eres católico. Si tienes una Biblia y sólo lees algunas partes escogidas, entonces eres protestante. Y si tienes un Biblia y la has leído entera, entonces eres ateo.

          Ignoro si pasa lo mismo con los musulmanes y el Corán. Recitan mucho sus versículos (suras), pero no sé si todos o sólo los que alguien ha elegido. Lo seguro es que, aunque lo lean completo, no suelen caer en el ateísmo. El islam es una religión medieval que apenas ha sufrido transformaciones, así que para un musulmán la no creencia en dios es tan inconcebible como lo era para un cristiano de la Edad Media.

El caso es que yo sí he leído la Biblia. Dos veces el Nuevo Testamento (una en la versión Nácar-Colunga y otra en la traducción del profesor Hugh J. Schonfield), y una vez el Antiguo (aunque recorriendo en diagonal las partes aburridas). También he leído el Corán, pero reconozco que mucho más en diagonal, porque es un texto aburridísimo. Digamos que he “picoteado” el Corán. Y pese a mi breve exposición a ese libro, no pude evitar sentirme alarmado.

Cada vez que sobreviene un atentado islamista se alzan voces diciendo que no todos los musulmanes son terroristas, sino sólo una minoría, y que el Corán es un libro de paz que esa minoría tergiversa para cometer sus sangrientos crímenes. Con lo primero estoy totalmente de acuerdo; la inmensa mayoría de los musulmanes no son violentos, y no se puede culpar a un grupo por los actos de una minoría. En cuanto a lo segundo... ya no estoy tan de acuerdo.

          Hojeando el Corán encontré un montón de suras bienintencionadas que predican la caridad, el amor, la piedad, el perdón... Pero también encontré algunas que me dejaron helado. Pondré sólo un ejemplo; en la Sura 9-5 At-Tawba se dice textualmente: “Cuando hayan transcurrido los meses sagrados, matad a los infieles/cristianos dondequiera que los encontréis. ¡Capturadles! ¡Sitiadles! ¡Tendedles emboscadas por todas partes!”. Cómo ésta, hay varias suras más que ORDENAN ejercer violencia contra los infieles.

          Ahora imagínate que eres un creyente ortodoxo. Crees a pies juntillas que existe un dios, Alá, y que ese dios le dictó al profeta un libro, el Corán. Por tanto, crees que todo, pero todo-todo, lo que dice ese libro es la palabra de dios. Y de repente te encuentras en el libro una orden (varias en realidad) que te conmina a matar infieles; en este caso concreto a matar cristianos.

          Puede que alguien objete que esas suras son metáforas o algo así. Pero no, en el Corán hay muy pocas metáforas y muy poco simbolismo. Es un texto literal. También habrá quien alegue que se trata de algo de otra época, vigente cuando el profeta vivía, pero no ahora. Pues tampoco, porque no estamos hablando de lo que dijo el profeta, sino de la palabra de dios, eterna e inmutable.

          Teniendo en cuenta la existencia de esa sura y de otras semejantes (254 versículos violentos más según el doctor Salam Naaman), no me explico cómo hay quien diga que los terroristas tergiversan el Corán al justificar sus crímenes. ¿Que lo tergiversan? De eso nada; son literales, siguen al pie de la letra las palabras de su dios. Aunque, claro, eligen las partes que más les interesan.

          Supongo que la mayoría de los musulmanes, los pacíficos, sólo recitan las suras bonitas e ignoran las chungas (eso es lo que hacen los cristianos con la Biblia). Pero las suras que conminan a la violencia están ahí, en negro sobre blanco, listas para que cualquiera las coja y las utilice para sus fines. Lo queramos ver o no, son literalmente una bomba.

          ¿Y qué pensamos los occidentales al respecto? Ya sabemos cuál es la respuesta de la derecha dura: Hay que encerrar a todos los árabes-musulmanes (no suelen tener muy clara la diferencia entre ambos términos) en campos de concentración y echarlos del país. Luego hay que bombardear sus ciudades, matar a los hombres, violar a sus mujer y comernos a sus hijos... Vale, estoy exagerando, no es necesario comerse a los niños; bastaría con destriparlos. Pero éste no es un problema que se solucione con balas y bombas; eso la historia reciente lo ha dejado más que claro.

          ¿Y qué dice la izquierda? La izquierda tiende a entrar en contradicciones. Cuando hay atentados los condena, por supuesto, pero no sin dejar muy claro lo malos que hemos sido y somos los occidentales. Lo cual es cierto, qué duda cabe, pero a veces da la sensación de que los culpables del atentado somos nosotros, y los ejecutores las víctimas. Lo otro que dice la izquierda es que el terrorismo yihadista no tiene nada que ver con la cultura islámica. Lo cual significa que jamás se han molestado en echarle un vistazo al Corán.

          Y aquí entra en juego eso del “multiculturalismo”, que no sólo es la suma de tradiciones culturales en un mismo espacio geográfico, sino la presunción de que ninguna cultura es mejor que otra. Es decir, un relativismo cultural que propugna aceptar con tolerancia las costumbres de otras culturas. ¿Sean cuales sean esas costumbres? Porque no hay ningún problema (o no debería haberlo, al menos) si una etnia quiere celebrar ciertas ceremonias, o vestir de tal o cual manera; pero ¿vamos a consentir la ablación del clítoris sólo porque es una “costumbre cultural”? Claro que no; lo que demuestra que el multiculturalismo tiene límites. La cuestión es dónde están esos límites.

          No existe una moral natural, de modo que tampoco existe un punto de vista objetivo que permita juzgar la bondad o maldad de las diferentes culturas. Para establecer un criterio moral, tienes primero que elegir el eje de esa moral. Puedes, por ejemplo, centrar el eje moral en el ser humano (como individuo o como colectivo, lo que llevaría a distintas éticas). O bien puedes centrarlo en la divinidad, lo que en última instancia conduce a la teocracia.

          ¿Es posible conciliar una cultura humanista con una cultura teocrática? Difícilmente. En el caso de la sociedad occidental y la sociedad islámica, hay al menos tres cuestiones incompatibles: La separación, o no, de los poderes políticos, judiciales y religiosos; los derechos humanos y la igualdad, o no, entre mujeres y hombres. No nos engañemos; se trata de posturas irreconciliables. De hecho, occidente siempre ha pretendido occidentalizar a las sociedades islámicas (por lo general mediante regímenes autoritarios o a sangre y fuego), y los musulmanes siempre han tenido la misión, según el Corán, de islamizar occidente.

          En caso de atentado, la derecha tiende a culpabilizar por completo a la religión islámica, y de rebote a todos los creyentes. Lo cual no solo es falso, sino además injusto. Por su parte, la izquierda tiende a desligar la religión de los actos violentos. Y eso también es falso. Por supuesto que hay otros factores en juego; intereses políticos y económicos (a fin de cuentas, la religión siempre ha sido una herramienta de control social). Y no olvidemos que, si muchos países musulmanes no nadaran en petróleo y el estado de Israel no existiera, no tendríamos ningún problema. Pero tampoco podemos obviar de la ecuación las peculiares características de la religión musulmana.

          ¿La solución? No lo sé. De lo que estoy seguro es de que las ideas no pueden combatirse con balas, sino con otras ideas. Y también soy consciente de que quienes sobre todo sufren los horrores del islamismo radical son los propios musulmanes, así que occidente debería volcarse en ayudar a los musulmanes que padecen el terror religioso y quieren rebelarse contra él.

          Huelga decir que este post se debe a los recientes atentados en Cataluña. Nací en Barcelona y, aunque siempre he vivido en Madrid, amo a esa ciudad. Siempre me gustaron Las Ramblas, e imaginarlas convertidas en el escenario de una carnicería me estremece. Uno de los problemas de tener muy desarrollada la imaginación es que puedes imaginarte de forma muy vívida cualquier cosa, lo bueno y lo malo. Y yo, cuando supe lo que estaba pasando, no pude evitar imaginarme el horror que sintieron las víctimas al ver a un vehículo asesino abalanzándose contra ellos.

          Pero luego imaginé otra cosa. Me vi a mí mismo conduciendo la camioneta, haciendo zigzag para llevarme a más gente por delante, viendo (y oyendo) los cuerpos estrellarse contra el morro del vehículo y notando el traqueteo al pasar por encima de ellos, masacrando a hombres, mujeres y niños... ¿Qué pasaba por la cabeza de Younes (el conductor) mientras ejecutaba esa orgía de sangre y muerte?

          Porque no olvidemos que ese grupo de jóvenes jamás habían matado a nadie, no eran violentos. Y, de repente, se convierten en asesinos en serie. ¿Cómo es posible?

          Para convencer a una buena persona de que mate, hay primero que convencerlo de que sus víctimas no son seres humanos. Eso los nazis lo sabían muy bien. Así que para los terroristas, para esa clase de terroristas, no somos humanos. Somos peor que ratas. Somos infieles.


lunes, agosto 21

Posparto




          Decía mi madre que no hay mayor relax que el que una mujer siente justo después de dar a luz. No puedo asegurarlo por propia experiencia, claro; pero mi madre parió tres hijos tamaño king size, así que tenía tres enormes argumentos para sustentar su opinión. En cualquier caso, es comprensible. Después de pasar por una situación tensa y dolorosa (parto, cólico nefrítico, estreñimiento, dolor de muelas...), sentirte, no digo que muy bien, sino simplemente normal ya es de puta madre.

          Pues exactamente así me siento ahora. Hace poco que parí, entrañables amigos míos; semanas atrás, justo antes de irme de vacaciones, traje al mundo un nuevo retoño. Por fin terminé la segunda parte de La estrategia del parásito.

          Con frecuencia veo en Facebook a escritores que comentan cada incidencia del proceso de escritura de sus novelas, y siempre me pregunto lo mismo: ¿Y eso a quién le importa? Así que, siendo ecuánime, ¿a quién le importa si he acabado o no una puñetera novela? A nadie, por poco sensato que sea.

          Pero es que, ay, ha sido un parto largo y dificultoso; he tardado más de un año en escribir un texto de cincuenta y pico mil palabras. Porque en el transcurso del proceso he sufrido toda suerte de percances, incluyendo una rotura de pierna y todos los problemas subsiguientes que ello conlleva.

          Pero se acabó. Mi pata está mejor y terminé la puñetera novela. Y ahora estoy como una recién parida, relajadito y sin dar un palo al agua. Ya no hay que apretar más (de momento). Vale, el parto fue hace más de un mes, estoy estirando la situación. Pero es que aún estamos en veranito y se está tan a gusto así, sin hacer nada... Además, sólo pensar en ponerme a escribir la tercera parte me provoca severos ataques de caspa. Por ahora, por ahora...

          Pepa y yo pasamos un par de días en Rocadragón; es decir, en Zumaia (Guipúzcoa), en cuya playa desembarcó Daenerys de la Tormenta. Es un lugar impresionante, con unas formaciones rocosas llamadas “flysch”, semejantes a colas de dinosaurio (o de dragón).

          Luego nos fuimos a Francia, primero a Cahors, donde estuvimos cuatro días. Es un pueblo precioso, encajonado en un meandro del río Lot, con un increíble puente medieval fortificado. Por el que, por cierto, pasa uno de los Caminos de Santiago franceses. Recorrimos casi todo el Valle del Lot, que es realmente bonito, y visitamos pueblos tan alucinantes como Saint-Cirq-Lapopié o Rocamadour.

          A continuación nos dirigimos unos cien kilómetros al norte, a Périgueux, y pasamos cinco días recorriendo el Perigord y la Dordoña. Muy bonito también. El último día visitamos Angulema, la capital europea del cómic, y ya de paso nos dimos un garbeo por el Musée de la Bande Dessinée. En cuanto a la zampa, reconozcámoslo, no se les da mal eso de la cocina a los franceses. Demasiado foie para mi gusto (soy de la liga anti-foie), pero todo lo demás era delicioso.
 
 

          Me encanta viajar, así, en abstracto; y en concreto me encanta viajar por Francia, en coche, a mi aire. Pepa y yo hemos recorrido la Costa Azul. Otro año fuimos a Bretaña hasta llegar a Mont Saint Michel (uno de los lugares más bellos y mágicos del mundo). Más tarde visitamos el Loira y Normandía, luego otro verano Occitania, y ahora la Dordoña.

          Puede que España sea más rica y variada en cuanto a paisajes (a fin de cuentas, la mitad de Francia es una monótona llanura), pero los galos nos ganan en lo que respecta a patrimonio monumental. Vas conduciendo y te encuentras un pueblo precioso tras otro, increíbles templos góticos y románicos, fortalezas, reliquias de las dos grandes guerras, palacios, viejas casonas... y todo estupendamente cuidado. En Francia se respira Historia.

          Eso me recuerda uno de los momentos mágicos que he pasado con Pepa. Acabábamos de casarnos y nos fuimos de viaje nupcial al norte de Italia, en coche, recorriendo toda la costa francesa del Mediterráneo. Una noche circulábamos por la Alta Cornisa en busca de un pueblo y un hotel que nos había recomendado mi hermano José Carlos. Llovía a mares y estaba oscuro cual boca de lobo, así que nos perdimos. Como se hacía tarde, nos metimos en el primer pueblo que vimos, La Turbie, donde encontramos alojamiento en el hotel Napoleón. No vimos nada del entorno, porque no se veía nada.

          Quede claro que en mi vida había oído hablar de La Turbie. El caso es que nos fuimos a dormir. Al día siguiente, al despertarnos, me levanté y abrí las contraventanas. Las nubes se habían esfumado y había un sol radiante. Y yo me quedé con la boca abierta.

          Desde la ventana se veía un pueblo de lo más coqueto, y por encima de él, las ruinas de un monumento romano. El Trofeo de los Alpes, como averiguamos después, que se construyó por orden de Augusto entre el 7 y 6 aC para conmemorar su triunfo sobre las tribus ligures. Si te lo esperas, te impresiona; si no te lo esperas, como era nuestro caso, alucinas.

          Francia es muy mágica.
 
 

domingo, julio 16

¡Feliz verano!



          Esta entrada, queridos merodeadores de Babel, es para disculparme. Cuando inicié el blog me propuse escribir un post a la semana, más o menos. En fin, quizá más menos que más, pero por ahí le ha andado. Sin embargo, últimamente he quebrado mi norma y he escrito mucho menos. De hecho, sólo he subido 26 entradas en el último año. 😖 ¡Quina vergonya, mare de Déu, quina vergonya!...

          Las razones de esta baja productividad podrían etiquetarse con una Cruz Roja. Primero tuve unos problemas  de salud que me sumieron en un marasmo de hospitales y médicos. Luego, a primeros de julio, una ducha psicópata me atacó por sorpresa y me fracturó la cadera. Hace exactamente un año, yo estaba postrado en la cama de un hospital navarro, varado como una tortuga panza arriba. Desde entonces, a base de citas médicas, análisis clínicos, radiografías y sesiones de rehabilitación, mi vida y mi trabajo se han desestabilizado. Tenía dos novelas comprometidas para publicar este año, pero ha habido que retrasarlas para el siguiente. Tenía otra novela a medias, y ahí sigue, a medias.

          En cuanto al blog, no solo es que haya escrito pocas entradas, sino que además estoy seguro de que he dejado muchos comentarios sin responder. Mis disculpas a todos los desairados. No me lo tengáis en cuenta, por favor, que mi existencia ha sido muy chunga en los últimos tiempos.

          Pero bueno, ya estoy mucho mejor. Se acabaron las citas médica (casi) y la rehabilitación. Camino con una muletita y ya sólo doy pena, en vez de pena y asco como antes. Anteayer, por fin, terminé de escribir la segunda parte de “La estrategia del parásito”. ¡¡Bien, bravo hurra!! Espero que, a partir de ahora, se normalice la frecuencia de mis entradas.

          Hablando de otra cosa: como sabéis, hace unos meses, obligado por mi querida Pepa y guiado por mi querido hijo Pablo, me abrí un perfil en Facebook. Apenas tengo actividad; comento las entradas de algunos amigos, pero no publico nada. Porque sigue pareciéndome una pérdida de tiempo. Así que, para mantener un poquito de actividad, he estado colgando los post . Desde entonces, los visitantes del blog se han multiplicado por tres e, incluso, por treinta. La verdad, no sé si me gusta.

          Siempre he visto Babel –lo he dicho muchas veces- como una especie de café donde un grupo de amigos nos reunimos para charlar, un lugar tranquilo donde pasar un rato agradable. Quizá por eso me he atrevido, en alguna ocasión, a desnudarme ante vosotros y hablaros de aspectos muy íntimos de mi vida. A fin de cuentas, estábamos entre amigos, ¿no?

          Y, de repente, el café empieza a llenarse de visitantes (que no merodeadores, al menos aún), y el local ya no parece tan íntimo y sí más alborotado... Aunque, bueno, eso todavía no ha ocurrido; los visitantes se han mostrado de lo más educados. Bienvenidos sean.

          Sin embargo, voy a seguir cierta política al respecto: Seguiré colgando entradas en Facebook, pero no todas. Ésta, por ejemplo, no. Y tampoco colgaré el cuento de Navidad, porque eso es un regalo para los merodeadores, no para todo el mundo. Le pilláis el truco, ¿verdad? Los post más personales se quedarán en la Fraternidad. ¿Somos o no somos una hermética sociedad secreta? Pues eso.

          Con este post se abre el paréntesis veraniego. Este año asistiremos –Pepa, Pablo y yo- al Festival Celsius de Avilés (algo que una maldita ducha me impidió hacer el año pasado), y luego Pepa y yo haremos un par de viajes que ya os relataré a mi regreso. Uno de los destinos, por cierto, ha sido escenario de Juego de Tronos.

          Queridos amigos, feliz verano, felices vacaciones, y hasta muy pronto.

¡Floreat Babel!

         

jueves, julio 6

El Síndrome del Lector


 

 
           Ocurrió hace cuatro años, cuando Pepa y yo estábamos en Cartagena de Indias para participar en el Hay Festival. Nos habían hospedado en un exótico y maravilloso hotel de la ciudad vieja, un entorno bellísimo, igual que es bellísima toda Colombia. Sólo había un problema: en la ciudad hacía calor en general, pero a primera hora de la tarde te asabas en la calle. Así que después de comer solíamos quedarnos en la habitación del hotel hasta que en las aceras ya no pudieran freírse huevos.

          Una tarde, Pepa salió a hacer algo y me dejó solo en la habitación, al amparo del bendito aire acondicionado. Tras leer un rato, cogí la tableta, me conecté a la wifi del hotel, revisé el correo y, como quien no quiere la cosa, paseé por algunos blogs. Y llegué a uno que conocía, pero que aún no había frecuentado. Se llamaba, y se llama, Notas para lectores curiosos, de Elena Rius (ya he hablado de ese blog en Babel). Comencé a leer el último post y luego seguí leyendo los anteriores, y leí, leí y leí, y al día siguiente continué leyendo hasta zamparme el blog entero.

          Demonios, cuánto me gustó y me gusta lo que escribe esa mujer. Es, sin duda, el mejor blog literario que me he echado a la cara, y lo es por varios motivos: En primer lugar, porque Elena trata a la literatura como si fuera una amiga, no como a una diosa. En segundo lugar, porque Elena es inteligente y ha leído mucho. En tercer lugar, porque escribe muy bien. En cuarto lugar, porque conoce a fondo el mundo editorial. En quinto lugar, porque, aunque no la conozco personalmente, se nota que es una bellísima persona. Y en último lugar, porque es extremadamente culta, pero llevándolo son sencillez, sin ápice de altanería.

          ¿Habéis visto alguna vez a alguien que disfruta a tope con la comida? No un tragaldabas, sino la clase de persona que paladea cada bocado, que se deleita con cada matiz, que se ilumina con cada tenedorada, como si en vez de alimentos ingiriera felicidad. ¿A que da gusto ver comer a una persona así? Bueno, pues esa es la impresión que me produce leer a Elena: me transmite la felicidad de la lectura.

          Pues bien, Elena Rius ha publicado hace poco una antología de artículos llamada El Síndrome del Lector (Trama Editorial, 2017), un libro que reúne todas las virtudes de su blog. Por cierto, se me olvidaba, entre esas virtudes está la de ser muy divertida. Elena combina el rigor intelectual con curiosas anécdotas literarias. Por ejemplo, ¿sabíais que James Joyce tenía una hermosa voz de tenor y se ganaba en parte la vida cantando en fiestas? ¿O que los hermanos Goncourt dijeron sobre Verlaine: “Maldito sea ese Verlaine, ese borrachuzo, ese pederasta, ese asesino, ese acojonado al que le entra de vez en cuando el miedo del infierno y se caga en los pantalones...”? (Parece un tweet, no me digáis que no) Bueno, pues el libro de Elena os cuenta eso y mil cosas fascinantes más.

          Como decía antes, no conozco personalmente a Elena Rius, aunque hemos intercambiado mensajes electrónicos con frecuencia. De hecho, ni siquiera tengo muy presente su auténtico nombre, porque “Elena Rius” es el seudónimo tras el que se oculta la editora y bibliómana María Antonia de Miquel. No, nunca nos hemos visto, pero como asiduo visitante de su blog, tengo la sensación de que no solo la conozco, sino que es una amiga.

          En cualquier caso, lo cierto es que su libro es una delicia.

martes, junio 20

Carta a los antitaurinos tontos del culo




          Dos aclaraciones previas: 1º Soy absolutamente antitaurino. Me repugna y me cabrea esa bárbara “fiesta” que dicen “nacional”. 2º La mayor parte de los antitaurinos son gente decente y sensible, pero los hay (una minoría, espero) que rezuman estupidez. A ellos me dirijo.

          Hace poco, ha muerto el torero Iván Fandiño en Francia a causa de una cogida. Y como viene siendo habitual, han proliferado en las redes (a)sociales mensajes descerebrados alegrándose de esa muerte. Un asesino menos, decían algunos.

          Veréis, en el universo no existe moral ni justicia. Las cosas no son ni malas ni buenas; sencillamente son o no son. Hace sesenta y cinco millones de años un asteroide hizo carambola con la Tierra y se cargó a todos los dinosaurios. Y al universo le dio igual. Como le daría igual que se murieran todos los toros del planeta o, si vamos a eso, todos los humanos, toreros o no.

          Los conceptos de “bien” y “mal”, la ética, la hemos creado los seres humanos; no es algo que venga escrito en las leyes de la naturaleza. Los humanos decidimos darnos derechos a nosotros mismos y también definimos lo que es bueno y lo que es malo. Y el eje de esa moral es el ser humano. Conforme nos vamos civilizando, ampliamos nuestra ética e incluimos en ella a lo que no es humano. Por ejemplo, decidimos que los animales tienen derecho a no ser maltratados. Pero, ojo, los animales no tienen ningún derecho per se; si lo tienen es porque nosotros, los humanos, se lo concedemos.

          ¿Está claro? Bien, pues como la moral la hemos creado nosotros, situándonos en el fiel de la balanza, resulta que no hay nada más sagrado que la vida humana. Incluso la vida del hombre más execrable debe ser respetada; por eso nos oponemos a la barbarie de la pena de muerte. Pues bien, desde una moral humanista, la vida de una persona, incluyendo a los toreros, vale más que la de todos los toros del mundo. Así de claro, y cualquier otra alternativa no es más que mierda fundamentalista.

          De lo que no os dais cuenta, panda de bobos, es que la primera gran inmoralidad del toreo reside en que una persona se juegue la vida, o cuando menos la integridad física, para divertir a otros. Y la segunda gran inmoralidad, claro, es basar un espectáculo en la tortura y muerte de un animal. Pero por ese orden.

          Ahora dejémonos de filosofías. ¿No os dais cuenta de que cada vez que os alegráis por la muerte de un torero estáis echando mierda sobre el movimiento antiraurino y desacreditando a quienes defendemos los derechos de los animales? Porque alegrarse de la muerte de una persona, situar la vida de un animal por encima de la de un ser humano, suena fatal. Es horrible, una actitud propia de fanáticos. Y no todos los antitaurinos somos así.

          Además, capullos, tampoco os dais cuenta de que la muerte de un torero es precisamente un argumento de lo más contundente para criticar las corridas. En vez de alegraros, deberíais hacer pública vuestra indignación porque esa fiesta bárbara se haya cobrado una vida humana más. Pero no, je-je, ha ganado el toro, se ha hecho justicia, qué chachi...

          ¿Sabéis lo que pienso? Que no sois animalistas por convicción; que lo sois por moda, o porque os ha dado la ventolera, o porque lo habéis visto en facebook, pero desde luego no por ética ni porque le hayáis dedicado al asunto un solo minuto de reflexión. Diría que sois mala gente, si no fuese porque en realidad creo que sois tontos.

          Así pues, la próxima vez que muera un torero, o un niño que aspire a serlo, nada impide que os alegréis por dentro; pero, aunque sólo sea por estética, hacedme el favor de tener la puta boca cerrada. Gracias.

          Ah, y por supuesto: Prohibición de los espectáculos taurinos YA.

lunes, mayo 29

Adicciones


 
          Durante una parte de mi vida, digamos que entre los 18 y los 30 años, fui un gran bebedor. De vez en cuando hacía descansos etílicos y me tiraba unos meses sin probar el alcohol, pero en general bebía mucho. Cuando contaba alrededor de treinta años, mi vida sentimental se alborotó demencialmente y me produjo un severo estrés, lo que me llevó a beber más de lo usual. Bebía por la mañana, bebía por la tarde y bebía por la noche. Estaba borracho la mayor parte del tiempo.

          Pasados unos meses, la tormenta amorosa en la que estaba inmerso se calmó y decidí dejar un tiempo la bebida. Pero, para mi sorpresa y consternación, me resultó difícil dejar de beber. Por primera vez en mi vida me causaba desazón estar sobrio. Aquello, estar volviéndome adicto al alcohol, me asustó, me acojonó tanto que no tarde mucho en convertirme en el casi-abstemio que ahora soy.

          Muchos años más tarde, a principios de los 90, yo estaba pasando por otra mala racha emocional; ya no soportaba mi trabajo en publicidad y el estrés me carcomía. Entonces empecé a hacer compras sin sentido; compraba sobre todo libros que no me interesaban y discos que no pensaba oír. En realidad, lo hacía por la satisfacción instantánea que me causa el hecho de comprar, por el chute de dopamina que me narcotizaba durante unos minutos. Me empecé a convertir en un adicto a las compras. Luego, cuando dejé la publicidad y el estrés se desvaneció, se acabaron las compras compulsivas (salvo en lo que respecta a los libros, pero eso es otra historia).

          A lo largo del tiempo, he comprobado que la mayor parte de la gente es adicta a algo, aunque no se dé cuenta. Un amigo mío es adicto al amor; necesita estar enamorado para chutarse dopamina. Otro amigo era adicto al póker (hasta que las deudas lo sepultaron). Un par de conocidos fueron adictos a la heroína. La madre de una amiga era adicta al Optalidón. Otro conocido era cocainómano. Se da el caso incluso de un gran amigo que poseía lo que podría denominarse una “personalidad adictiva”. Era adicto al juego, a la bolsa, a la cocaína, al café con leche (sic), a las chicas jóvenes...

          Desde hace unos años he visto nacer y crecer una nueva adicción: a los teléfonos móviles. O, mejor dicho, a las redes sociales. La gente se pasa horas en las redes y consulta constantemente el móvil (150 veces al día de promedio, según Oracle Marketing Cloud). La verdad es que no lo entendía, hasta que abrí un perfil en Facebook. La cosa es así: cuando escribimos un comentario o colgamos una foto y recibimos un like, experimentamos un breve chute de dopamina; cuantos más likes, más chutes, y si nos comparten, pues eso, chutazo. En realidad, cada vez que consultamos el móvil hacemos lo mismo que un yonqui preparando la jeringuilla. (No lo he dicho, pero supongo que sabéis que la dopamina es el neurotransmisor que activa las áreas de placer del cerebro).

          La cuestión es que yo me preguntaba cómo era posible que tanta gente fuera adicta a tantas y tan variadas formas de droga (cocaína, heroína, alcohol, pero también amor, religión, juego, sexo, móviles...). Al final, llegué a la conclusión de que existía un componente proclive a la adicción en la naturaleza humana. Pero hace poco leí un artículo que cambió mi punto de vista.

          Trataba sobre las investigaciones de Bruce Alexander -un psicólogo de Vancouver- sobre la adicción. La idea que tenemos acerca de ese asunto proviene de unos experimentos realizados a principios del siglo XX. Consistían en lo siguiente: Se cogía una rata de laboratorio, se la metía en una jaula y se le ofrecían dos fuentes de agua: una con agua normal y la otra con agua mezclada con alguna droga (cocaína o heroína). Al cabo de un tiempo, la rata empezaba a beber sólo del agua drogada, cada vez más, hasta que moría de sobredosis. De esto se dedujo que había sustancias tan poderosamente adictivas que, una vez probadas, eran incontrolables.

          Pues bien, Alexander advirtió que había algo erróneo en ese experimento. Se cogía una rata, se la apartaba de sus congéneres y se la encerraba en una pequeña jaula sin ninguna distracción. Eso no era un entorno natural. Así que decidió repetir el experimento, pero con una variante. Construyó una gran jaula a la que llamó Parque de Ratas. Había mucho espacio, muchas ratas, muchos elementos de distracción (bolas, túneles, ruedas...) y la más sabrosa comida para ratas.

          Luego, puso las dos fuentes de agua, una normal y otra drogada, y observó lo que pasaba. ¿Y qué pasó? Pues que al principio las ratas bebían indistintamente de un fuente u otra; pero luego, poco a poco, las ratas dejaron de consumir el agua drogada y pasaron a beber sólo el agua limpia. Y ni una sola rata murió de sobredosis.

          Conclusión: El factor desencadenante de la adicción no era la droga. Era la jaula.

          Por tanto, amigos míos, si algún día descubrimos en nosotros mismos una conducta adictiva, quizá lo primero que deberíamos preguntarnos es en qué clase de jaula estamos encerrados.
 
 

domingo, mayo 21

Cuando la ciencia enloquece...



          Como todos sabéis –lo confesé en una reciente entrada-, mi gran ambición en esta vida es convertirme en un mad doctor y hacer todo tipo de tropelías, como apoderarme de (o destruir) el mundo. De hecho, creo que reúno las condiciones necesarias para ello, salvo por el pequeño detalle de que no estoy doctorado en nada. Tengo el físico adecuado: soy muy grande, con el cráneo rapado, luzco barba de mormón y desprendo un aire avieso. Fallan los ojos, que son azules y deberían ser negros como las tinieblas; pero eso se soluciona con unas lentillas. En cuanto a mi intelecto, me paso la vida imaginando ideas extravagantes, lo que no puede ser más adecuado para la dedicación a la que me refiero. Pero no hablemos de mí, sino de vosotros.

          ¿Os habéis preguntado de dónde sale el arquetipo del científico loco? ¿O qué significa? ¿O en cuántas clases se subdividen los mad doctors? ¿O si ha habido científicos locos en la vida real?  ¿O cuál fue el primero?

          Eso último es sencillo: El primer científico loco de la historia fue Víctor Frankenstein, protagonista de la novela que tiene por título su apellido, de Mary Shelley. No os podéis ni imaginar lo importante y germinal que fue esa novela. De entrada, es la primera novela de ciencia ficción. Además, el primer mad doctor de la historia. Y por último, presenta el primer hombre sintético generado por la ciencia. Si eso no es germinal, que venga Cthulhu y lo vea.

          Por otro lado tenemos las circunstancias que dieron origen a la novela. Mary Shelley y su marido Percy Bysshe Shelley viajan a Suiza, donde habían sido invitados a pasar el verano en la residencia de su amigo Lord Byron, Villa Diodati, junto al lago de Ginebra. Eso ocurrió en 1816, el famoso año sin verano, pues el cielo del planeta se había oscurecido a causa de las cenizas proyectadas por la explosión del volcán Tambora en Indonesia. ¿Os podéis imaginar un escenario más sugestivo y, a la vez, inquietante? En el transcurso de aquel encuentro, Byron les propuso a los Shelley,  y a su médico personal John Polidori, que cada uno escribiera una historia de terror. Sólo dos de ellos, Mary Shelley y Polidori, completaron sus relatos. Y así surgieron dos grandes mitos de la cultura popular: Frankenstein y el vampiro.

          ¿No os gustaría saber más sobre el asunto? ¿No os apetece revolcaros en el fango de la alta cultura friki? ¿No os seduce la idea de paladear el embriagador vino del romanticismo siniestro? ¿No os embelesa la posibilidad de codearos durante unos días con un grupo de personas extravagantes, locas y encantadoras (como, por ejemplo, yo)? Seguro que sí, pues en caso contrario no leeríais este blog.

          Bueno, pues estáis de suerte, porque, del 3 al 7 de julio, en los Cursos de Verano del Escorial,  el gran Ricard Ruiz Garzón va a dirigir el curso LOS ESPEJOS DEL MONSTRUO: 200 AÑOS DE 'FRANKENSTEIN'. En el evento participarán el propio Ricard, Sergi Viciana, Elia Barceló, Luis Alberto de Cuenca, Lisa Tuttle, Ian Watson, Sofía Rhei, Gonzalo Suarez, Fernando Marías, Cristina Macía, Alejo Cuervo, Jesús Palacios y mucha gente interesante más.

          Entre ellos, este vuestro seguro servidor, que el día 3, a las 12:00, dará una conferencia titulada Cuando la ciencia enloquece: la figura del 'mad doctor' en el género fantástico. Y luego, a las 16:00, participará en una mesa redonda titulada El milagro de Mary Shelley, junto a Ricard, Sergi, Luis Alberto y Elia. ¿Os lo vais a perder? No seáis mendrugos; valdrá la pena asistir a ese curso. Además, ¿acaso no sois amantes de la fantasía, la ciencia ficción y el terror? Pues bien, si el curso tiene éxito en un futuro habrás más dedicados a esos géneros de nuestras entretelas. Coño, inscribíos, que más triste es robar que pedir...

          Echadle un vistazo al programa del curso pinchando AQUÍ