jueves, febrero 1

Feminismos



            Hay muchos buenos motivos para ser feminista, tanto éticos como racionales, pero me limitaré a dos. En primer lugar, si se aparta a la mujer de la primera línea de la sociedad y se le otorga un papel secundario, estaremos despilfarrando el cincuenta por ciento del potencial de la humanidad. Absurdo. En segundo lugar, siempre he pensado que la mayor parte de los hombres machistas son en el fondo unos acomplejados. Esa necesidad de sentirse superior lo que en realidad oculta es un enorme complejo de inferioridad, una patética fragilidad interior. Por eso van todo el tiempo dándoselas de machos alfa, cuando lo único que son es gilipollas.

            Tampoco andan demasiado espabilados quienes dicen: “Yo no soy ni machista ni feminista” y se quedan tan panchos, como si lo uno fuera lo contrario de lo otro. Pero el feminismo no postula que las mujeres adopten el mismo rol que los hombres; lo que exige es que las mujeres tengan los mismos derechos, deberes y oportunidades que los hombres, y que no sean discriminadas ni encasilladas por razón de su sexo. Así de sencillo. Podríamos llamarlo igualitarismo y aplicarlo a otros grupos discriminados; pero en este caso el grupo implicado es mucho mayor que cualquier otro. Esta clase de feminismo se llama “de equidad”.

            Pero hay otra clase de feminismo, denominada “de género” (Ambos términos han sido acuñados por la filósofa Christina Hoff Sommers). Esta doctrina afirma que las diferencias de género son un producto social, y que la opresión machista no es individual, sino colectiva, pues se trata de un grupo (los hombres) que oprime de forma confabulada a otro grupo (las mujeres). Dicho de otra forma, el hombre –cualquier hombre- es enemigo de la mujer –cualquier mujer-. Así, cuando un hombre mata a una mujer, no la mata por los motivos que sean, sino por ser mujer. Del mismo modo, cuando un hombre mata a una mujer, todos los hombres somos responsables solidarios de esa muerte (¡!), igual que  todo burgués es responsable de la explotación ejercida sobre el proletariado, aunque en su vida haya explotado personalmente a nadie. Esta ideología tiene sus bases en el marxismo, sustituyendo la lucha de clases por la lucha de sexos.

            El feminismo de género afirma que un hombre no puede ser feminista, porque es hombre y está en el bando contrario. Lo cual viene a ser como decir que no se puede ser antiesclavista si no eres esclavo. El caso es que los hombres, por culpa de ese siniestro cromosoma “Y” que nos caracteriza, tenemos un pecado original que no podremos eliminar hasta que renunciemos colectivamente a la masculinidad, sea eso lo que sea. Es decir, que el mundo se divide en dos grupos: los hombres, que son opresores, y las mujeres, que son víctimas. Sin excepciones, porque estamos hablando de colectivos, no de anécdotas.

            Esta forma de pensar, que yo no tenía demasiado presente, explica algo que me sucedió no hace mucho en FB. A raíz del MeToo, quise sumarme de algún modo, pero no sabía cómo. Una amiga estaba debatiendo sobre el tema y le pregunté cómo creía que yo, en calidad de hombre, podría adherirme. Hubo diversas opiniones, hasta que una mujer me dijo que debería firmar una declaración pidiendo perdón por mis actos machistas. “Pero yo no soy machista”, objeté, “ni he cometido ningún acto machista”. Ella me espetó que todos los hombres somos machistas y que todos lo hemos demostrado alguna vez. Como, por ejemplo, al escuchar un chiste machista y no protestar airadamente.

            Ahí me pilló. Si alguien me cuenta un chiste machista (o racista), lo que hago es no reírme (aunque tenga gracia) y si me preguntan digo que no me gustan esa clase de chistes. Pero no voy por ahí en plan talibán afeándole la conducta a la gente. ¿Eso me convierte en machista? Por favor… Pero en realidad, da igual; según esa mujer, yo, como hombre, llevo la marca de Caín grabada en la frente. Y nada de lo que diga o haga cambiará eso. Soy el malo; se acabó el debate. Hala, a pedir perdón.

            Por supuesto, no lo pedí y tampoco di mi apoyo al movimiento de ninguna manera. La actitud de aquella desconocida me había irritado. No soy machista; mis padres me educaron en la igualdad; además, la lógica y la ética me llevan a la igualdad, y mi mujer, activa trabajadora en pro del empoderamiento femenino en la empresa (coordina un curso al respecto en la URJC), me daría con algo en la cabeza si yo no fuera feminista de equidad. Pero para aquella desconocida yo sólo era un falo con patas, un probable violador y un nauseabundo representante del heteropatriarcado.

            En realidad, eso del feminismo de género no es nuevo en nuestro país. Durante e inmediatamente después de la Transición, surgieron varios grupos marxistas-feministas cuya cabeza más visible era la inefable Lidia Falcón, una conocida abogada que iba por ahí aireando alegremente su odio hacia los hombres (su misandria). Esta clase de actitudes acabaron denigrando al movimiento feminista y, lo que es peor, relegándolo a un rincón.

            Y ahora, de repente, advierto que ese feminismo dogmático e intransigente no solo vuelve a floreces, sino que además parece haberse institucionalizado. Y que ni se te ocurra contradecirlo o matizarlo, porque te convertirás en un agente de la falocracia. Si alguien menciona la presunción de inocencia, ¡a la hoguera con él! Si alguien sugiere que esto está empezando a parecerse a una caza de brujas, ¡a la picota!

            Nada de esto es bueno para nadie, y menos para las mujeres. Hay mucha gente que está reaccionando en contra del feminismo –de ese feminismo-, y no me refiero solo a hombres, sino también y sobre todo a mujeres.

            Creo que el feminismo igualitario sólo alcanzará sus metas contando con la complicidad e implicación de los hombres. Ya se ha avanzado mucho en ese sentido (sólo hay que ver la película Sufragistas -Sarah Gavron, 2015- para comprobarlo), pero aún queda un largo trecho que no se podrá recorrer sin los hombres. Hay que socavar el machismo desde el interior del propio machismo, hay que conseguir que los hombres comprendamos que no hay más camino que la igualdad, porque será bueno también para nosotros. Y esto no tiene nada de nuevo; a principios del siglo pasado había en Inglaterra numerosas asociaciones masculinas en pro del voto de la mujer, como la  Men´s League for Women´s Suffrage, fundada en 1907.

            Pues bien, no creo que convertir en villanos a todos los hombres sea el camino adecuado para hacer avanzar el movimiento feminista. Evidentemente, la inmensa mayoría de los hombres rechazará ese criterio, y algunos incluso reaccionarán mostrándose hostiles al movimiento en sí. Y no solo los hombres; muchísimas mujeres se niegan a aceptar que sus padres, sus maridos, sus hijos, sus hermanos o sus amigos sean todos unos hijos de puta. Esas mujeres no se sienten representadas por esa clase de feminismo.

            Pero lo que más me irrita de esa ideología dogmática no es que considere culpable al género masculino en su conjunto, sino que tache de víctimas a todas las mujeres. ¿De verdad es esa la imagen que queremos ofrecer? ¿Mujer = Víctima? No lo creo, y además es mentira. Conozco a muchas mujeres fuertes, mujeres que jamás tolerarían abusos ni discriminación; mujeres valientes, seguras e inteligentes. Mujeres que no se rinden, que no necesitan ser salvadas porque se salvan a sí mismas, mujeres luchadoras. Mujeres que no quieren como pareja ni a un tirano ni a un pelele, sino a un compañero. Sí, conozco a muchas mujeres así; de hecho, me casé con una de ellas y cada día que pasa la admiro más. No ya como mujer, que también, sino como ser humano.

            Aunque, claro, como tengo colita y soy un proceloso representante del heteropatriarcado falócrata, lo más probable es que esté totalmente equivocado.

lunes, enero 15

Escribir


  
          Hace tiempo que circula por Internet un vídeo, promovido por la editorial SM, donde aparezco yo dando diez consejos para jóvenes escritores. El primero es: “Pregúntate por qué quieres escribir”. Y es una buena pregunta, aunque tramposa, porque ni yo mismo soy capaz de responderla.

            ¿Escribo porque mi padre era escritor? ¿Porque toda la vida me ha gustado leer? ¿Porque de niño siempre andaba con la cabeza en las nubes? ¿Porque desde muy pequeño tengo facilidad para redactar? ¿Porque me gusta tanto que me cuenten historias, que me las cuento a mí mismo?... Supongo que un poco de todo, pero no me refiero a eso, sino a las razones más profundas y a las emociones implicadas.

            Supongo que en mi caso (y en el de la mayor parte de escritores) hay un punto de vanidad y otro tanto de exhibicionismo. Pero ¿qué más? Porque en la escritura intervienen otras emociones muy poquito simpáticas, como la inseguridad, la impotencia, la depresión, la insatisfacción y la eterna duda. ¿Vale la pena pasar por eso a cambio de lustrarte el ego? Aunque, claro, siempre puede ser que disfrutes escribiendo. Pero no es mi caso; para mí escribir no es surfear sobre las olas, sino correr una prueba de obstáculos.

            Por otro lado están las razones retóricas, tipo “Escribo porque lo necesito como el aire para respirar”, y cosas así. Pero ni me lo creo ni me interesa; siempre me ha aburrido hacer literatura con la literatura.

            Otro posible motivo para escribir sería el prestigio social. Eso está muy relacionado con la vanidad, pero de una forma sutilmente diferente. No es tanto enorgullecerte de lo que haces (tus escritos), como de lo que eres (escritor). En nuestra sociedad, la figura del escritor –del artista en realidad- goza de un prestigio casi místico. Yo mismo lo he comprobado; muchas veces, al encontrarme con mis lectores, estos me contemplan como si estuvieran asistiendo a una aparición mariana. ¿Me gusta eso? Pues no lo sé; por un lado es agradable que te traten con amabilidad y cierta deferencia, pero por otro siento que me aleja de las personas, así que procuro dejar claro que lo que yo hago no es magia, sino un trabajo como otro cualquiera. No obstante, veo que algunos de mis colegas (pocos, afortunadamente) parecen disfrutar con ello y andan todo el día encaramados a un pedestal. Curiosamente, detecto con más frecuencia esa actitud en algunos aspirantes a escritor que, a lo sumo, se han auto-publicado un libro que no ha leído ni dios. Y es que se le llena a uno la boca al decir “Soy eeeessssccccrrrriiiittttoooorrrr”. Supongo a algunos les da gustirrinin decirlo; aunque a mí lo que me provoca es cierto pudor.

            Hay una circunstancia en mi caso que lo cambia un poco todo: soy escritor profesional, vivo de la literatura. Y ahí tenemos una buena y nítida razón para escribir: el dinero. Algunos la considerarán espuria, incluso denigrante, pero a mí me parece un poderoso y honesto motivo para escribir. Si vendes algo, tienes la obligación ética de ofrecer un buen producto.

            Ahora bien, ¿cuándo se puede decir que alguien es escritor profesional? Evidentemente, cuando vive de lo que escribe. Pero, ¿sólo eso? ¿Y qué pasa con quien tiene otra profesión y complementa su sueldo con lo que obtiene con la escritura? ¿Y con los escritores minoritarios que publican habitualmente pero apenas venden? Está claro que todos ellos son escritores profesionales. Entonces, ¿cuál es la diferencia entre un escritor profesional y otro aficionado?

            Pues, en principio, no tendría por qué haber ninguna. Un escritor aficionado puede tener tanta calidad o más que uno profesional, y ahí tenemos el caso de Kafka para demostrarlo. Sin embargo, en términos generales sí que hay algunas diferencias.

            En primer lugar, un escritor profesional es aquel que escribe aunque no le apetezca hacerlo. Si disfruta o no escribiendo, es irrelevante; se trata de un trabajo y lo cumple lo mejor que puede.

            En segundo lugar, un escritor profesional no depende para escribir ni de las ganas ni de la inspiración; posee recursos suficientes para avanzar con el texto sin necesidad de que las musas le susurren al oído. Un escritor profesional debe dominar las herramientas del oficio.

            En tercer lugar, un escritor profesional es consciente de que compite contra otros escritores. Competición sana y amistosa, pero competición al fin y al cabo. Se editan miles de libros al año, ¿por qué van a comprar los míos? Esa competencia hace que el escritor profesional se esfuerce más, que sea más autoexigente y autocrítico.

            Por último, un escritor profesional es aquel que ha pasado por todos los filtros. Partiendo de cero, se ha sometido al juicio de las editoriales, a los jurados de los premios, a la crítica y, lo más importante, al dictamen de los lectores.

            Seguro que podéis encontrar un montón de excepciones a lo que acabo de decir, pero estoy hablando en general. Y, como señalaba antes, la calidad de la obra de un aficionado puede ser similar o superior a la de un profesional. Pero hay que demostrarlo.

            El proceso para escribir razonablemente bien es largo y complejo; requiere mucha lectura, mucha práctica y mucha reflexión, todo lo cual lleva tiempo. El camino para ser un profesional de la escritura exige todo eso, y además mucho tesón, mucha autoexigencia, muchas tragaderas (hay que tragarse más de un sapo), mucha entereza (hagas lo que hagas, alguien te pondrá a parir) y mucha suerte, porque la suerte es necesaria para cualquier actividad que quieras emprender. Y a todo eso hay que añadirle generosas dosis de inseguridad. Como dijo alguien, convertirse en escritor no es un sprint, sino una carrera de fondo. Y de obstáculos, añado.

            Últimamente, veo a muchos jóvenes aspirantes a escritor que buscan atajos para recorrer ese camino. Van y lo primero que escriben quieren verlo publicado ya. Cuando intentan el camino tradicional y no pasan los filtros, la culpa es de los editores, que no saben reconocer su talento, o de los autores “consagrados”, que forman una mafia. Pero hay otras vías, ¿verdad? De la co-edición ni hablo, porque es un timo. Pero la tecnología ha puesto a nuestro alcance el milagro de la auto-publicación. Sin haber demostrado ningún talento, sin que nadie, salvo familiares y amigos, haya juzgado tu novela, sin haber pasado ningún filtro, sin tan siquiera una somera corrección, puedes colgar tu novela en Internet y exclamar satisfecho: ¡Soy escritor!

            El único problema es que eso no vale para nada. ¿Os imagináis cuántas novelas auto-publicadas hay en la Red? Vale, puede que algunas sean excelentes, pero ¿cómo encontrarlas en medio de miles de bodrios? ¿Qué garantías ofrecen, para que les prestemos atención, unos textos que no están avalados por nada ni por nadie?

            Hace tiempo, una joven pedía en FB consejos para desarrollar una carrera como escritora. Yo (y algunos más) escribí: “Paciencia”. Al poco, otro joven aspirante me corrigió: “Qué coño paciencia. Hay que escribir y escribir y dejarse la piel escribiendo”. Más o menos. Bien, pues sí, claro, hay que escribir mucho. Pero también, sobre todo al principio, hay que aprender a tirar a la basura gran parte de lo que escribas. Además, hay que tener paciencia para aprender de tus errores; paciencia para intentar publicar sólo cuando estés preparado; paciencia para esperar los frutos de tu trabajo (que igual no llegan nunca); paciencia para exigirte a ti mismo más de lo que puedes dar; paciencia para empezar desde abajo; paciencia para no intentar correr antes de saber andar…

            Paciencia. Y tampoco viene mal cruzar los dedos.

miércoles, diciembre 20

El tradicional cuento navideño de Babel.



 
           Hasta ahora, siempre había colgado el cuento de Navidad el día 24, pero creo que era una mala idea. En Nochebuena la gente está muy ocupada y no tiene tiempo para blogs, así que muchos merodeadores leían el cuento después de Navidad. Y no es eso lo que yo pretendo.

            Un buen amigo mío comentaba que el cuento de Babel se había convertido en una de sus tradiciones navideñas. Qué bien, me parece bonito. La Navidad es pura tradición, se la llame así, o Yule, o Saturnales, o Sol Invictus, o Fiesta del Solsticio. Bajo todos esos nombres lo que se celebraba y celebra es el fin de un ciclo y el comienzo de otro, y esa celebración consiste en repetir, año tras año, los mismos ritos, las mismas tradiciones. Esa repetición nos une, de algún modo, a todos los humanos que nos han precedido y a todos los que vendrán después. Nos convierte en eslabones de una larguísima cadena. Y, bueno, que mis humildes relatos sean, para algunos, una minúscula parte de esas tradiciones me encanta.

            De pequeño, me gustaban muchísimo las navidades, pero a partir de 1972, cuando con diecinueve años me quedé huérfano del todo, comenzaron a dejar de gustarme. Me parecían tristes. Lo eran. Mucho después, cuando entré en publicidad, trabajé durante un montón de años cerca de El Corte Inglés de Castellana, en una zona comercial que, al llegar estas fechas, se atestaba de gente. Era ir a comer, o a intentar comprar algo, y encontrarte con colas kilométricas; era salir del curro y meterte de lleno en un atasco. Así que empecé a detestar la Navidad. Me molestaba su sentimentalismo, la falsa bondad, el exceso de comida, los machacones (hasta el vómito) villancicos, el mercantilismo disfrazado de tradición y todas esas gilipolleces.

            Pero tuve hijos, Óscar y Pablo, y recordé lo mucho que me gustaba la Navidad cuando era niño, y me dije que no podía robarle eso a mis hijos, de modo que procuré que para ellos las navidades fueran lo más mágicas posible. Y en ese proceso, al contemplar las sonrisas de felicidad en los rostros de mis hijos, volvió a gustarme la Navidad. De una forma peculiar, rara, más bien pagana; pero, en fin, con alivio, porque estaba harto de ser el típico tío duro, que mira por encima del hombro y se cree más moderno que nadie porque no hace ni siente lo mismo que el “vulgo”. Que le den a ese capullo. Ahora no tengo el menor inconveniente en ser sentimental en Navidad. Aunque, eso sí, sentimental a mi manera.

            El año pasado, un amable merodeador comento que mi relato le había parecido cualquier cosa menos un cuento de Navidad. En parte –sólo en parte- tenía razón. Siempre procuro que mis cuentos navideños se salgan de los esquemas habituales, y puede que a veces rompan los tópicos de forma un tanto brutal. El caso es que prometí que este año escribiría un cuento 100 % de Navidad.

            Normalmente, empiezo a buscar argumentos para el cuento en noviembre, y eso he hecho este año. Lo malo es que todo lo que se me ocurría era... torcido, por decirlo así. Humor negro, vueltas de tuerca escabrosas, ironía y sarcasmo, pero ni una puñetera idea “bondadosa”. ¿Pero qué me pasa?, pensé. ¿Es que no se me puede ocurrir nada que no sea oscuro? Entonces, hice memoria y recordé que en el pasado, en uno de mis cuentos había una extinción masiva, en otro una matanza de políticos, en otro destruía el Sistema Solar, otro trataba sobre el suicidio, otro tenía lugar en un campo de exterminio nazi y dos se centraban ¡en el canibalismo!

            Vale, estoy enfermo, lo reconozco. Necesito urgentemente ayuda psiquiátrica. Pero al final acabé encontrando una idea amable, totalmente navideña. ¡No soy un caso perdido!

            Volviendo al principio, a mediados de diciembre, cuando era niño, aparecían en los kioscos los extras de Navidad de dos tebeos, Pulgarcito y Tío Vivo. Y era entonces, leyendo las historietas navideñas de Mortadelo y Filemón, Carpanta, Las hermanas Gilda, Rompetechos, Trece Rue del Percebe, Anacleto, Zipe y Zape y tantos otros, cuando yo sentía que empezaba la Navidad. Así que este año voy a hacer lo mismo y he colgado el cuento unos días antes de Nochebuena.

            El relato se llama La historia del indiano, y narra el encuentro de dos personas en un bar la noche de Nochebuena. Y nada de finales raros, lo juro. Mientras lo escribía, tenía en mente la obra del pintor norteamericano Edward Hopper; sobre todo su cuadro más famoso, Nighthawks. Dicen que Hopper es el pintor de la soledad; sus personajes, aunque estén juntos, son islas. Pero también es uno de los pintores más narrativos que conozco, porque sus imágenes parecen fragmentos de historias que no conoces, pero que intuyes.

            En una calle desierta, un bar iluminado en la noche; dentro, el camarero y un cliente, nadie más. Dos islas, dos barcos que se cruzan en la oscuridad. Así comienza mi cuento, como una imagen de Hopper. De pronto, esos dos personajes solitarios, perdidos en la noche, quiebran la incomunicación y hablan. Y en el transcurso de esa conversación se produce un diminuto milagro. Porque es Navidad y quiero jugar a creer en los milagros.
 
 
            Queridos amigos, queridos merodeadores, os deseo todo lo mejor para estas fiestas, para el año que viene y para los muchísimos años que os quedan por delante. Es el Solsticio de Invierno, la fecha más sagrada del año; olvidad los problemas, zambullíos en la nostalgia, volved a ser niños. Que seáis felices y, a ser posible, razonablemente buenos; eso es lo que os deseo.

            Feliz Solsticio, feliz Navidad.

            Y ahora el cuento. Os sugiero que lo leáis con música de fondo. Un villancico, El Pequeño Tamborilero, pero no el de Raphael, sino una preciosa versión a capela del grupo Pentatonix que conocí gracias a mi amiga Blanca. Podéis oírla pinchado AQUÍ.


            La historia del indiano

            By César Mallorquí

            Sentado a la barra del bar, el hombre bebía su cerveza de forma extraña, a tragos pausados y cortos, cerrando los ojos y paladeándola como si degustara un vino exquisito. “Pero si sólo es una Mahou”, pensó Jorge, el camarero y dueño del local. “Qué tío tan raro...”.

            El bar se llamaba El Encuentro. Tenía una barra de mármol con seis taburetes altos frente a ella y, más allá, cinco mesas rodeadas de sillas, todas ahora desocupadas. Tras la barra, en lo alto, a lo largo de una fila de botellas situadas sobre un estante, luces de colores titilaban entre guirnaldas de espumillón oro y plata. En el ventanal que daba a la calle había dibujos navideños hechos con nieve artificial. Por los altavoces sonaba, tenue, un villancico. Colgado en una de las paredes, un viejo reloj de péndulo marcaba, entre tic-tac y tic-tac, las siete y treinta y seis de la tarde.

            Las siete y treinta y seis del veinticuatro de diciembre.

            Más allá del ventanal, la noche se había adueñado de la ciudad. Salvo por algún que otro viandante que caminaba apresurado rumbo a su hogar, la calle estaba vacía, sin apenas tráfico (...)

            Si quieres seguir leyendo, pincha AQUÍ.
 
 

sábado, diciembre 9

Babel 12



 
            El año pasado me quejaba de que el número 11 es una sosería sin ningún interés. ¿Qué ha hecho ese número por la humanidad, aparte de ser una mierda de primo más? Y para primos el 7, que es a tope de místico; o el 3, que suele ser santísimo. Pero ¿el 11? Bah, a lo sumo un equipucho de fútbol.

            Ahora bien, el 12 es algo muy distinto, amigos míos; ante el 12 tenemos que quitarnos el sombrero. Porque, vamos a ver: Doce son las tribus de Israel, y los apóstoles de Cristo, y los caballeros de la Mesa Redonda, y los Pares de Francia del Rey Carlomagno, y los trabajos de Hércules, y las tablas de la epopeya de Gilgamesh, y los profetas mayores del Antiguo Testamento, y las pértigas de la barca de Gilgamesh, y los hijos de Jacob, y los dioses del Olimpo, y los meses del año, y las teclas de función de vuestros teclados, y las pulgadas de un pie, y las veces que gira la Luna en torno a la Tierra en un año, y los signos del zodiaco... El doce es tan poderoso que controla el tiempo. ¿Sabéis por qué los minutos tienen sesenta segundos y las horas sesenta minutos? Porque así lo decidieron los babilonios, cuyo sistema numérico era de base 60. Y 60 es 5 X 12. Y por eso los días tienen 24 horas, que son 2 X 12. Es un número, además, de lo más redondo. ¿En cuántos grados se divide una circunferencia? En 360º; que es 12 X 30.

            Ha quedado claro que doce es un número con pedigrí, ¿no? Un número importante, cool, aristocrático.

            Pues bien, queridos merodeadores, hoy se cumple el duodécimo cumpleaños de La Fraternidad de Babel. Doce años charlando de todo y de nada, doce años divagando, doce años de tertulia en un viejo café.

            Aprovechando tan solemne ocasión, quiero deciros dos cosas: En primer lugar, pediros perdón. El año pasado fue desastroso para mí. Primero una enfermedad que me tuvo de médico en médico, y luego, en julio, el incidente con la ducha de un hotel en el que me fracturé la cadera. Operación quirúrgica, inmovilidad, silla de ruedas, muletas y más médicos. Mi trabajo se retrasó y, además, con todo ese follón incumplí mi propósito de colgar una entrada semanal. El año pasado subí treinta y este año serán veintitantas.

Pero no me disculpo por haber publicado menos, sino porque muchas veces no he respondido a vuestros comentarios, y eso es de muy mala educación. Me consta que al menos un merodeador ha dejado el blog, cabreado porque no le respondía. De verdad que lo lamento. Se me juntaban las visitas médicas, los análisis, las pruebas, la rehabilitación, el trabajo atrasado, y no tenía la cabeza en Babel (ni en ninguna otra parte). He sido desconsiderado y me disculpo por ello. Sorry.

            La otra cuestión ya la comenté en la anterior entrada. Con la sorprendente proliferación de gilipollas que creen que la Tierra es plana, me he visto obligado a hacer un cambio. En la entradilla del blog decía (de coña): “En colaboración con la Sociedad de Amigos del Movimiento Perpetuo y la Tierra Plana”. Pues bien, he quitado lo de la “Tierra Plana” (no vaya a ser que me confundan con un chalado) y he dejado sólo lo del “Movimiento Perpetuo”. Hasta que aparezca un grupo de descerebrados afirmando que la Segunda Ley de la Termodinámica es una conspiración de los illuminati.

            En fin... Al menos este año, por segunda vez consecutiva, ya he acabado el cuento de Navidad y no ando de cabeza escribiéndolo en el último momento. Se llama “La historia del indiano”.

            Eso es todo, amigos. ¡Feliz cumpleaños!
 
 

viernes, noviembre 24

¡ES UNA ESFERA!


 
          Dicen que una de las ventajas de la vida real sobre la literatura es que la vida no necesita ser verosímil. Por ejemplo, hay opiniones y creencias tan atrozmente estúpidas que jamás las pondría en boca de uno de mis personajes, por muy tonto que quisiera representarlo. Sería rizar el rizo, enfatizar demasiado, convertirlo en una caricatura. Puedo hacer que un personaje crea en las hadas, vale; o en la magia; o en que Kubrick filmó el alunizaje en un plató de Hollywood. Todo eso es estúpido, pero resulta verosímil que alguien se lo trague. Ahora bien, que una persona actual, medianamente educada, crea estas alturas que la Tierra es plana... eso no se lo cree nadie.

          Bueno, pues sí. Resulta que hay un amplio, o al menos bullicioso, grupo de creyentes en la Tierra plana. Y no como broma, ni como boutade, no, no, qué va. Se lo creen en serio; están convencidos de que lo de la Tierra esférica es una conspiración de los illuminati, o algo así. Una vez más se demuestra que es tarea vana intentar poner límites a la estupidez humana.

          Lo que me jode es que eso me afecta a mí. No sé si os habéis fijado, o si lo recordáis, pero en la entradilla que preside el blog se dice al principio: “Un enclave tutelado por César Mallorquí, el Abominable Hombre de las Letras, en colaboración con la Sociedad de Amigos del Movimiento Perpetuo y la Tierra Plana”. Eso lo escribí en 2005, cuando creé el blog. Y es broma, no lo decía en serio. Ni siquiera existe esa Sociedad. Ya sé que la Tierra es como una naranja, y no como una tortilla mejicana; igual que sé que el movimiento perpetuo no existe, porque lo impide el Segundo Principio de la Termodinámica. Lo puse para subrayar la banalidad de Babel, su vocación de orientarse hacia las cosas inútiles. ¡Pero no porque me lo creyese!

          Sigh... (suspiro)

          Qué descorazonador es tener que aclarar esto en pleno siglo XXI.

          Nota: El tío de la foto es  Mike Hughes, un inventor autodidacta que ha construido un cohete para volar al espacio y comprobar con sus propios ojitos que nuestro planeta es tan plano como su línea de actividad cerebral. Además, planea presentarse como candidato a Gobernador de California. Ojo: en el improbable caso de que sobreviva al viaje en cohete, seguro que gana.

martes, noviembre 14

Creación y pecado (Louis K.O.)



          Los escritores, igual que los actores, somos mentirosos profesionales. De hecho, entre ambas dedicaciones hay más similitudes de lo que a simple vista parece. Mi buen amigo y excelente escritor Rafael Marín comentó en cierta ocasión que lo que hacen los actores -interiorizar y representar personajes- lo hacemos los escritores constantemente. En efecto, cada vez que desarrollamos un personaje lo interiorizamos y nos convertimos en él, sólo que lo hacemos mentalmente y lo expresamos con palabras en vez de con el cuerpo. Como todos los personajes de una novela no pueden ser iguales, el autor debe fingir ser diferentes personas, incluso personas diametralmente distintas a él. Y ahí está la clave: toda creación artística es un fingimiento.

          Centrándonos en la literatura, cabría pensar que en las páginas de una novela hay un destilado de la personalidad del escritor, pero no siempre es así, y desde luego nunca del todo. Lo que realmente encontramos en una novela es una muestra del talento de un autor para fingir. Y ese fingimiento puede tener muy poco que ver con la auténtica personalidad del escritor. Por ejemplo, en el caso de los intérpretes podemos ver a un actor homosexual aparentando ser un ardiente heterosexual, y viceversa. O a un actor que en la vida real es un hijo de puta, convertido en el ser más bondadoso del mundo.

          Cuando admiramos a un artista queremos creer que su calidad humana es proporcional a su talento profesional, pero no siempre es así. Lo curioso es que eso sólo se lo aplicamos a los artistas, pero no a otros profesionales. De un ebanista no esperamos que sea buena persona, sino que nos haga un buen mueble, igual que lo que le pedimos a un médico es que nos cure, no que nos dé ejemplo de santidad.

          Es decir, lo importante es la obra, no el creador. Pero a los artistas, quizá por ser personas más o menos públicas, se les aplica otro baremo. Y realmente no debería ser así. Vamos a ver, Louis-Ferdinand Céline simpatizaba con los nazis; Lewis Carroll y Charles Chaplin eran pederastas; Picasso abusaba emocionalmente de sus parejas: Dickens era adúltero y, por lo visto, una persona insoportable. Vale, pero nada de eso le quita ni un ápice de valor a Viaje al fin de la noche, a Alicia en el País de las Maravillas, a Tiempos modernos, al Guernica o a Casa desolada.

          Puede que lo que realmente nos perturbe es preguntarnos cómo es posible que gente con tanta sensibilidad para el arte tenga tan poca para su vida privada. Pero es que se trata de ámbitos distintos que no deberíamos mezclar (salvo que el propio creador los mezcle, claro).  El artista necesita y usa la sensibilidad para crear; es decir, para fingir. Pero como ser humano... en fin, sólo es eso: un ser humano, con todas sus flaquezas. Porque en el arte se puede ensayar, se puede abocetar, se puede quitar y poner, se puede pensar y repensar, se puede rehacer y corregir. Pero en la vida real no. ¿No sería estupendo poder corregir nuestra vida pasada, igual que se corrige el borrador de una novela? Quitaríamos todos los errores cometidos, nos haríamos más inteligentes y honestos, procuraríamos que todo fuese más interesante, le daríamos sentido y estructura a nuestra existencia. ¿Comprendéis? Así funciona el arte, pero no la vida.

          Esto viene a cuento porque la semana pasada murió uno de los mejores humoristas de las últimas décadas. Y no, no me refiero a Chiquito (lamento su muerte, pero no me hacía ni pizca de gracia). Estoy hablando del norteamericano Louis C K, que no ha muerto como persona, pero sí como creador y artista.

          Louis C K es un monologuista norteamericano del estilo de Bill Maher o Jerry Senfield. Se caracteriza por un humor políticamente muy incorrecto, muy ácido y muy brillante. Pero bueno, no pasaría de ser un excelente cómico, del nivel de los antes citados, si no fuera por su serie de TV Loui, que lo sitúa a la altura de los genios.

          Loui, producida por FX entre 2010 y 2015, consta de 61 episodios de veinte minutos de duración. En cada episodio se mezclan fragmentos de monólogos con retazos de la vida de Loui, un humorista interpretado por el propio Louis CK, divorciado y con dos hijas pequeñas. Definir esta serie es imposible; no hay argumento, ni sketchs, ni chistes tipo sitcom. Son viñetas donde se contempla la vida cotidiana con ironía, humor y un puntito, casi inapreciable, de tristeza. Y también, sobre todo en las últimas temporadas, con poesía. Al principio, Loui puede desconcertar un poco, por la sencilla razón de que se trata de algo nuevo y distinto a cualquier otra cosa vista en TV, pero en cuanto le pillas el tranquillo te atrapa sin remedio.

          Para quienes no conozcáis esta serie, un par de ejemplos. El primero, conocido como el “discurso de la chica gorda”, trata de una chica (gorda) que insiste en salir con Loui porque le gusta como humorista. Loui se resiste, porque la chica no le parece atractiva, pero al final accede. Mientras pasean, Loui le dice que no está gorda. Y ella le responde con un monólogo tan lúcido como luminoso. Podéis verlo pinchando AQUÍ.

          En el segundo ejemplo, Loui está medio enamorado de una vecina, una violinista de la Europa del este que no habla inglés. Loui regresa a casa con su hija, que vuelve de clase de violín, y se encuentran con la vecina. La mujer y la niña hablan distintos idiomas, pero encuentran una manera de comunicarse. Si queréis verlo pinchad AQUÍ.

          ¿Os hacéis una idea de qué va la serie? Si no la habéis visto, probablemente no. Pero creedme: es condenadamente buena.

          Pues bien, la semana pasada salió a la luz pública que cinco mujeres, cinco empleadas de Louis C K, le acusaban de abuso sexual. Al parecer, el humorista les pidió permiso (a cada una por separado, supongo) para cascársela delante de ellas. Temiendo por su empleo porque él era el jefe, ellas accedieron, y Louis C K procedió a meneársela. Abuso de autoridad, sin duda alguna. Louis C K ha pedido perdón, dice que no era consciente de estar intimidando a esas mujeres. Pero da igual; todos sus contratos se han cancelado, sus series se han retirado y su carrera como creador y humorista ha concluido. Kaput. Por eso decía antes que uno de los mejores humoristas actuales ha muerto.

          Vale, lo que hizo Louis C K está muy mal y quizá se merezca el castigo de hundir su carrera y ver su nombre arrastrado por el fango. Él solito se lo ha buscado. Pero ése del que estamos hablando es el Louis C K real, el hombre de carne y hueso, el tipo que en realidad se llama Louis Szekely. El problema es que hay otro Louis C K, el fingidor, el creador, el humorista dotado de una exquisita sensibilidad. Y ambos van en el mismo paquete.

          Lamento que Louis C K abusara de esas mujeres; lo lamento por ellas, porque debió de ser una experiencia denigrante. De ser unas profesionales a verse convertidas en trozos de carne ante los que cascársela... Muy mal.

          Pero también lamento no volver a ver Loui ni nada igual de original y brillante. Lamento verme privado del talento de ese patético pajillero, de ese genio del humor.

lunes, octubre 30

Miedo





          Yaaa lleeega Haaalloween... Esto tenéis que leerlo en voz alta, con tono cantarín y siniestro, como el que emplea Jack Nicholson mientras se lía a hachazos con una puerta para cargarse a su mujer y a su hijo en el Hotel Overlook.

          Halloween, esa fiesta que adoran todos los niños y odian todos los aburridos adultos que olvidaron lo que es ser niños. Ya he hablado muchas veces de esa celebración –de hecho, cada año-, así que no voy a repetirme; el que quiera conocer mis sabias palabras sobre el tema que busque en los Archivos de Babel. Ahora voy a hablar de algo muy relacionado: el miedo.

          ¿Habéis sentido miedo alguna vez? Seguro que sí; incluso mucho miedo. Miedo a la enfermedad, miedo a que nuestros seres queridos sufran algún daño, miedo a perder el trabajo... Pero estos son miedos, por decirlo así, de combustión lenta, miedos que se rumian poco a poco con el tiempo. Me refiero a miedos más súbitos y explosivos. Por ejemplo, hace años, durante el puto franquismo, en la Complutense, me hice caquita en los calzones cuando un policía a caballo cargó en mi dirección. Me hice caquita y corrí como una liebre. Simultáneamente. Aunque tampoco se trata exactamente de esa clase de miedo, sino del que te paraliza.

          Otro ejemplo. Hace un montón de años, un grupo de amigos estábamos en Hoyos del Espino, un pueblo de la sierra de Gredos. Por la noche, salimos del hotel y dimos un breve paseo. Y digo breve porque estaba nublado y sin luna y no se veía un mierda. Bueno, pues estábamos ahí, en la carretera, sumidos en una absoluta oscuridad, cuando de repente escuché y sentí que algo muy grande, una bestia enorme, pasaba junto a mí. ¡Y súbitamente esa bestia enorme arrojó un gran surtidor de chispas! ¡Chispas, como el aliento de un dragón!

          Me quedé paralizado, acojonado, preguntándome anonadado qué clase de animal echa chipas... Y entonces oí un relincho. Era un caballo que, cuando sus herraduras resbalaron sobre el asfalto, desprendieron un torrente de chispas. Pero en realidad tampoco eso fue el miedo que yo digo, sino más bien un susto de muerte.

          El miedo del que estoy hablando es aquel que te paraliza, sí, pero también te seca la boca, te retuerce las tripas, te roba el aliento, te forma un nudo en la garganta y te sume en el más absoluto terror. ¿Habéis experimentado eso alguna vez? Yo sí, en dos ocasiones; una sobrenatural y otra jodidamente natural.

          La primera vez ocurrió en 1973 o 1974, no lo recuerdo. Un grupo de amigos nos fuimos a pasar unos días en los Arenales del Sol, una larguísima playa de Alicante, por entonces desierta (y hoy, imagino, totalmente urbanizada). Plantamos unas tiendas de campaña y nos instalamos. La mayoría nos conocíamos, pero habían venido algunas personas nuevas; entre ellas una chica a la que llamaré Sonia, aunque no es su auténtico nombre.

          Pues bien, Sonia y yo intimamos. Una noche, nos metimos en una tienda y procedimos a “conocernos” mejor. Cuando acabamos de “conocernos”, nos metimos en sendos sacos de dormir y nos dispusimos a eso, a dormir. Entonces, cuando estaba conciliando el sueño, oí la voz de Sonia diciéndome: “Bésame ahora si puedes”, o “si quieres”, no estoy seguro. “Vaya”, pensé: “quiere más marcha”. Me giré hacia ella y la miré. Había luna llena y su luz se filtraba a través de la tienda, de modo que podía distinguir las cosas con cierta nitidez. El caso es que la miré... y el corazón me dio un doble salto mortal en el pecho.

          Porque ahí, a mi lado, en el saco de dormir de Sonia, ya no estaba Sonia, sino una negra. Una negra con rasgos muy negros, sin pizca de mestizaje. Nariz chata, labios muy gruesos, la negra más negra que he visto en mi vida. Tenía los ojos cerrados (si los llega a abrir me muero) y llevaba un pañuelo en la cabeza. Eso, ver una negra donde no debería haber una negra, ya de por sí acojona; pero es que, además, las manos le sobresalían del saco, pero no eran manos, ¡sino garras de pantera!

          Me quedé helado, paralizado. Mi mente racional intentó buscar una explicación lógica. “Me están gastando una broma...”, pensé. Pero qué leches broma; no era una máscara, sino una negra de verdad, y las garras eran putas garras, joder... Intenté hablar, pero no pude, tenía un nudo en la garganta. El corazón me latía como un reloj al que se le salta la cuerda. Intenté tragar saliva, pero tenía la boca seca. Respiré hondo varias veces y logré murmurar: “So-sonia...” Entonces, de repente, la imagen cambió y donde estaba la negra apareció la imagen de Sonia abriendo los ojos y preguntándome qué quería.

          Aquella noche había bebido he inhalado yerbas prohibidas. Dentro de la tienda había poca luz. Estaba, al menos al principio, medio dormido. Y algo importante: Sonia llevaba un pañuelo en la cabeza y estaba tumbada sobre su lado izquierdo. Sin embargo, la negra, que también llevaba pañuelo, estaba tumbada sobre su lado derecho. Es decir, el rostro de la negra se superponía al pañuelo de Sonia. De hecho, eran los pliegues del pañuelo que mi mente convirtió en un rostro africano. Y la auténtica cara de Sonia la convertí en un pañuelo. ¿Y las garras? Un añadido de mi mente calenturienta. ¿Y la voz que escuché al principio? Ni idea. Toda la experiencia fue una alucinación.

          Vale, una alucinación, pero el pánico que experimenté no me lo quita nadie. No sé cuánto duró aquello; quince o veinte segundos, como mucho, pero fueron los quince o veinte segundos más largos de mi vida. Pavor en estado puro, terror primario e irracional. O, quién sabe, a lo mejor fue real; Sonia era muy rarita...

          La segunda historia ocurrió en 1975, en las postrimerías de la dictadura. En verano, el FRAP (Frente Revolucionario Antifascista y Patriota) se había cargado a dos policías y las fuerzas de seguridad andaban en pie de guerra. Una noche de finales de verano o comienzos de otoño, cuatro amigos y yo decidimos salir a tomar unas copas. Íbamos en mi coche. Ya entrada la madrugada, después de visitar unos cuantos bares, mientras íbamos de regreso, uno de mis amigos sacó la fotocopia de un chiste gráfico y se lo enseñó al resto. Todos se rieron mucho, así que paré en doble fila para poder verlo. Acto seguido arranqué y al poco detuve el vehículo frente a la casa de un amigo (Samael, asiduo visitante del blog).

          Entonces, súbitamente, un coche se cruzó por delante y de él bajaron a toda prisa dos hombres armados con pistolas. Intenté bajar del coche, pero uno de los desconocidos le dio una patada a la portezuela para impedirlo. El tipo, tan chulo y amenazador como solían ser los policías franquistas, nos enseñó una placa (o no, no me acuerdo) y nos pidió la documentación. En fin, nada inusual en la dictadura; pero entonces, mientras el poli escrutaba nuestros DNIs y su compañero nos encañonaba, recordé algo y de nuevo mi corazón hizo el triple mortal.

          Pero para entender la situación hay que retroceder en el tiempo. Un amigo, Guillermo, era aficionado a rodar cortos en Súper 8 (así de antigua es la historia). Pocas semanas antes, para uno de sus rodajes necesitaba un arma de fuego y, como yo tenía una carabina tipo Winchester (herencia paterna), me la pidió prestada. Me refiero a una carabina de verdad, de las que -si hubiera tenido munición, que no la tenía- hacen ¡pum! y matan. Mi amigo Samael y yo fuimos con mi carabina al rodaje, que tenía lugar en algún sitio de la sierra. Incluso hicimos de actores. Y luego, cuando acabó, sencillamente olvidé que tenía la carabina en el maletero.

          ¿Entendéis? Mientras estábamos ahí, dentro del coche, encañonados por la poli fascista, recordé que en el maletero había una carabina. Si lo abrían y encontraban el arma... Bueno, empezarían a darme de hostias allí mismo; luego, seguirían dándome de hostias en el furgón policial, para continuar dándome de hostias en la DGS durante días o semanas. Y, por supuesto, me tiraría una larga temporada en la cárcel. Todo eso me pasó por la cabeza en aquel instante. Vale, las hostias se las darían también a todos los que iban en el coche, pero en aquel egoísta momento sólo pensaba en mí.

          Noté, literalmente, cómo la sangre huía de mi rostro. Se me secó la boca. Se me disparó el corazón. Se me formó un nudo en la garganta. Un sudor helado perló mi frente. Un terror absoluto, ciego y anonadador se apoderó de mí.

          Tras una tensísima espera, el poli dejó de escrutar nuestra documentación y nos preguntó: “¿Dónde vivís?”. “En Madrid”, respondimos. “Entonces”, replicó él, “¿por qué coño os habéis parado a consultar un plano?”. ¿Un plano?, pensé. ¿Qué plano?... Entonces, uno de mis amigos cayó en la cuenta y exclamó “¡Ah, el chiste!”; sacó lo fotocopia del bolsillo y se la entregó al policía. Éste contempló el chiste, nos miró como si a duras penas pudiera resistir el impulso de pegarnos un tiro, masculló “Qué graciosillos”, tiró el papel al interior del coche y nos dijo: “Largo de aquí, gilipollas”. Los polis montaron en su coche y se fueron sin abrir el maletero del mío.

          Así fue la segunda vez que el terror absoluto, un terror que haría palidecer a los dioses de Lovecraft, se coló en mi vida para acojonarme un rato. Espero que nunca hayáis pasado, ni paséis, por algo semejante. Las historias de terror están muy bien para leerlas o verlas, pero no para protagonizarlas.

          Pero es Halloween, amigos, el Samhain celta. Miedo de mentira, terror divertido. Volveos niños, por favor, jugad a asustar y a asustaros. Sed paganos por una noche. Pero eso sí: nunca, nunca, nunca salgáis con una mujer con garras de pantera, y jamás llevéis armas de fuego en el maletero del coche.

          ¡Feliz Halloween!